La pérdida de la inocencia

A veces, cuando uno se refiere al momento en que pierde la inocencia, o en que acaba la niñez, por lo general evoca aquellos momentos que marcan un antes y un después en la prometedora y agitada vida sentimental que todos aquellos que a escondidas veíamos imágenes de hombres y mujeres entregados salvajemente al arte del sexo, esperábamos con ansias y con afiebrado calor entre las piernas, entregados a las ganas de quedarnos a solas para dar rienda suelta a nuestras bajas pasiones.

Leonardo era un chico más del montón, o al menos eso era lo que él quería creer y en lo que esperaba, fuese el camino que le tocaría recorrer, con mas suerte que desventura, una vez que comenzaron a crecerle cosquillosos pelitos en la entrepierna, y con más ahínco aún, luego de que, tras dos días de avícola verborrea, le cambiara finalmente la voz.

El hecho es que todo aquello llegó, pero las cosas fueron diferentes para él. Ahora, creo que para mejor y hasta para bien, a raíz del empedrado camino que le ha tocado recorrer y que le ha llevado a este momento, en que luego de haberse repetido y haberse hastiado hasta el cansancio, y empujado por dos verdaderos amigos, se sentase a escribir lo que acabas de leer.

Entonces los recuerdos le llueven con velocidad y nitidez y ahora todo cobra sentido. Todo se reduce a aquel momento que lo marcó para siempre, quizá de manera muy prematura pero, ¿acaso nosotros escogemos el camino? Que bacán sería que así fuese: nadie moriría accidentado en lo mejor de su vida como Alfonso, que se comió trescientos metros a toda velocidad, abismo abajo, en un desolado páramo de la serranía peruana diez años atrás, que lo alejó para siempre de Alfonsito y Laurita quienes hasta ahora no entienden porque el destino les quitó a su padre y le jodió la vida por siempre a su madre. Pero no me quiero saltar los hechos, que falta mucho pan por rebanar.

No voy a mencionar la típica frase cliché: “si hubiera salido cinco minutos antes…” aunque en este caso solo dos minutos habrían sido suficientes.

Leo no perdió la inocencia cuando con los labios llenos de saliva le bajó el calzoncito a Pilar, apurado que la casa “aún estaba sola”, o cuando su viejo lo molió a golpes la primera vez. ¡Que suerte habría tenido!, sentenció alguna vez, pero estaba equivocado. El kilometraje había sido excesivo, pero ahora creo que realmente valió la pena, sino quien sabe donde estaría ahora. Algo era seguro, no estaría escribiendo ahora esto.

Leonardo Tristán Herrera, nació no con uno, sino con dos panes bajo el brazo: era el primer sobrino de un muy unido grupo de seis hermanos, y el primer bebé de la hija mayor de Don Mario Herrera Paredes, riguroso y humilde señor que a costa de esfuerzo, sacrificio y abnegación, hizo profesional a cada uno de sus seis hijos, siendo Raquel la mayor y la flamante médico cirujana graduada en los primeros puestos de la facultad de medicina de la mejor universidad de la época (pero porque era la única), quien luego del noviazgo y matrimonio de rigor, quedó encinta de Leonardo Tristán, flamante médico cirujano también graduado en los primeros puestos de la misma facultad, pero que a diferencia de Raquel, venía de una tradicional, antigua, venida a menos y muy disfuncional familia arequipeña que guardaba no uno, sino varios oscuros entramados que aún hoy no han salido todos a la luz. Ante este pasivo acumulado, lo que quedaba clarísimo era que Leonardito no tenía la culpa de todo lo que le pasó después, y no por su padre, sino por esas cosas del Orinoco – que tu no sabes – y que yo tampoco.

Era el destino, jodido, cabrón y azaroso, el que se encargó de partir en mil y un añicos el corazón tan alegre y cálido que por entonces el pequeño Leo se encargaba de lucir ante quien se cruzara en su cortísimo camino. Porque siendo -por ahora- el único crío en tan numerosa familia, el retoño no solo recibía amor a raudales, sino que tenía un alma tan blanca como la de toda criatura que solo había recibido amor incondicional y cuidado de todos aquello que se esmeraban en hacer fila para atenderlo, mientras Leonardo y Ruth bregaban por su cuenta, lejos (y cerca) por salir adelante en ese país que por entonces empezaba a irse a la mierda, mientras un barbón hijo de puta cocinaba en Ayacucho la barbarie que a la larga sumirá a todo el país en una cruenta guerra civil, empezando los ochentas.

Ya sé que la estoy haciendo larga.

Regresaba a casa con Mónica, hermana de Raquel, cuando cerca de un famoso puente, les dejó el taxi que con tantas ganas quisieron tomar. El chofer, que estaba solo un minuto adelantado, no alcanzó a frenar, por lo que decidió seguir su camino. Leonardito, que hace poco había aprendido a disfrutar la libertad que ahora le permitían sus recientemente estrenadas piernas, se empeñó entonces en cruzar el adoquinado sendero que suponía atravesar el Puente Grau.

– Tía Mona, quiero caminar.
– Ya hijito, vamos, pero luego no te quejes del por que te cansas y ni me pidas que te cargue, ¿ya?
– Ni hablar – respondió haciéndose el valiente.
– Vamos pues entonces.

Mónica jamás le negaría ese placer al niño de sus ojos. Son demasiadas cosas las que les unían para entonces, sin pensar que serían muchas más las que los mantendrán unidos para siempre.

Ya terminando de cruzar, Mónica recogió al zamarro, a fin de que no pase cerca de un perro que alerta, contemplaba su alrededor. El niño se sintió aliviado porque estando tan cansado como era de esperarse, había decidido hacerse el machito para otra vez salirse con la suya, en el próximo puente.

– Ya, tomemos el taxi.
– Está bien.

Lo que vio a continuación lo marcaría para siempre. El perro, siberian chusky vigilaba mientras a su lado, yacía inerte el cuerpo de su dueño, un pobre viejo de ochenta y dos años que había escogido precisamente ese lugar y ese momento para por fin ceder ante la vida y dejarla atrás, sin nada más que un costal de trapos al costado como única posesión; harapos como único atuendo fúnebre; y su única familia, su viejo amigo de cuatro patas, que cuidaba atento que nadie osase profanar el cuerpo de también su única familia, quien a razón del calor de las tres de la tarde aún se mantenía caliente, mientras a cinco metros de distancia, un niño de cuatro años conocía por primera vez de que iba realmente la vida.

Quizá por eso amaría tan ciegamente a los perros. Por el recuerdo de ese can: fiel, heroico y valiente. ¿Qué habrá sido de él? ¿Cuánto tiempo más habría durado?

Nadie podía explicar porque Leonardito, que tan alegre había salido en compañía de su tía, regresaba ahora hecho un mar de lágrimas, destrozado y sin consuelo. Conocer tan rápido y tan violentamente la miseria absoluta lo había marcado. Tenía cuatro años pero nunca mas fue el niño que debió haber seguido siendo por mucho tiempo. Por primera vez había sentido un dolor tan profundo en el alma, que literalmente le desgarró el cuerpo.

¿No se supone que El Coyote se tiene que levantar después de que el tren lo aplanó? ¿Acaso ese gordo felón no vuelve a la carga cada vez que Popeye le saca la chucha? ¡Levántese señor, por favor, que hace tirado así en la acera, se van a llevar a su perrito! ¡Perrito, perrito, por favor no dejes que se quede ahí tirado ese señor con esa barba tan grande y tan gris, por toda la mugre que la envuelve! ¡¿Porque siento que ustedes son lo único que…?! ¡¿Que pasa?! Así no se supone que debe ser. Todos están contentos y todo es tan bonito, y siempre es de día, y es azul, y verde… ¡¿Por favor señor?! ¡Perrito! ¡Tía Mona! ¡¿Que esta pasando?! Así no me dijeron que sería. Diosito, por favor que se levante ese señor, ¿Que hace ahí tirado? ¿Quien cuidará de él y su perrito? ¿No podemos acaso recogerlos y llevarlos con nosotros? Si en la casa hay tanta agua y tanta comida, ¿Es que no nos sobra aunque sea un poquito? ¡¿Por que no puedo ni siquiera dar un grito?! ¿¿¿Que está pasando??? ¡Ya no quiero más! ¿Tía? ¡Tía Lola, porque no haces nada! ¡Tíaaaaaaaa! ¿Acaso no ves lo mismo que yo? ¡¿Es que no te importa?! ¡Basta! Si yo fuera ese viejito, también me habrían abandonado. Estoy roto, quebrado, vacío. Ya no les creo. Me están mintiendo. Ya no quiero más…

Algo más que un pobre indigente murió esa tarde. Conocer así, de manera tan cruda y visceral la miseria humana en su máxima expresión abrió una grieta en su alma, y sin darse cuenta Érebo se coló por allí, quedándose sembrado y acaso no fue el único… De nada sirvieron todos los cuidados y todo el amor que una vez le dieron con tanto ahínco, tanta gente, tantas veces, tanto tiempo. Todo ese cariño de pronto se volvió falso, nimio, sin sentido.

Cuando por fin terminó el llanto, nunca reveló a nadie que fue lo que le provocó tan extraño ataque, ahogado, lastimero, impotente. No lo entendía en aquel momento, pero siendo tan joven, al fin aprendió que cuando a alguien le rompen el corazón, no se trata de la frase cursi típica de quinceañera.

Pensaba que las cosas no podrían ir peor después de eso, pero para su buena (y mala) suerte, estaba equivocado.

Todo es tan bonito…

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