E2.0 – I

Capítulo I

Una broma de mal gusto…

 

Estaba ya un poco oscuro, y un poco tarde, cuando Santiago se fijó en su reloj. El viejo Edox le confirmaba que llevaba ya casi veinte minutos esperándola. Refunfuñó:

  • ¡Típico! ahora con qué excusa me saldrá esta vez…

La lluvia caía a cántaros, como era de esperarse dada la estación en que se encontraba. Era el verano de 1997 y ya para entonces Santi, como le gustaba ser llamado, era un mozalbete de 17 años que, a pesar de haberse iniciado en arte del vino y el tabaco, de jugar con Loki, y con Baco, aún no estaba autorizado por ley para muchas cosas, especialmente para las que más disfrutaba: amanecerse a botellazos con sus amigos más cercanos, que se reducían a dos; y enrollarse hasta el alba en una guerra de fluidos, olores, agonías y sabores con Adriana, quien para variar acababa de llegar, tarde como siempre.
Desde la protección del arbusto bajo el cual encendió un cigarrillo para añadirle el sabor a la espera, como quien se pide la mejor entrada previo al mejor almuerzo, la vio aparecer doblando la esquina. Inmediatamente desapareció de su expresión ese ceño medio fruncido y relajó esa quijada tensa producto de la espera, pero no tanto por la espera, sino por comprobar los efectos del aguacero en su mejor traje dominguero: un par de jeans de novedoso diseño, el diseño «cochino», como le gustaba decir, y una camiseta de color negro con la foto de esa banda compuesta por cuatro mujerzuelas maquilladas como si fueran a una fiesta de Halloween organizada por Coco Marusix.
A medida que ella se acercaba, y a medida que reconocía sus facciones una por una, se producía un cambio en su interior, a un nivel químico y prácticamente físico. Su expresión dura y lupina, iba cambiando a una más canina. Sus ojos fríos e inexpresivos adquirían un matiz mucho más cálido y claro, y su expresión militar mutaba a una más familiar y relajada.

 

Santiago siempre la quiso, desde el primer segundo que la vio: llevaba un par de jeans Wrangler color verde, y una camisa a cuadros blanca con detalles en el mismo tono. Su cabello era lacio, aunque a ambos lados de su rostro se dejaban caer sendos mechones ondulados que añadían un bonito marco a esa máscara tan singular, compuesta por esas dos cejas alargadas debajo de las cuales sus hermosos ojos verde-amarillos ahora le reconocían esperando, y sus generosos labios rosados ahora dibujaban una ligera sonrisa al acercarse a esa cara de niño haciendo su puchero porque se le cayó el helado en pleno aguacero.

  • Imagino que no estás molesto, ¿no?, – le dijo sonriendo.
  • ¡Ven aquí!

 

Santi, que de lobo pasó a borrego, la tomó del brazo y la atrajo hacia sí, y se fundieron en el mejor de los saludos, el que más le gustaba, y por el que habría esperado, no solo la media hora que ya llevaba, sino desde el momento que salió del vientre de su madre, como estaba casi seguro de haber esperado. Es que era así cada vez que se encontraba con ella.

 

La lluvia había dejado su huella también en el cuerpo de esa joven mujer, firme como era de esperarse a sus 19 años. Ese abrigo rosado, tejido y bordado que le gustaba ponerse para ir a su encuentro, no porque le gustase mucho, sino por el efecto que provocaba en su enamorado, había caído presa del efecto de la lluvia, y ahora se ajustaba a la curvatura de su torso, dibujando las peculiaridades de su busto, que a pesar de ser pequeño, era lo que más le gustaba a él. “Me encantan tus senos”, le dijo él la primera vez que yacieron desnudos, después de haber consumado su promesa de amor eterno, semanas atrás.

 

Como ocurría muchas veces, el encuentro fue de hola y hasta luego. Pero ese hola, mi estimado lector, duraba una hora o dos, dependiendo del lugar, de la hora y de la zona. Si había algo que más disfrutaban hacer juntos –que no era el jugar al papá y la mamá- era besarse. En esta ocasión fue igual, pero con el condimento añadido de la lluvia, de sus senos resaltados por el abrigo rosado, y por el caramelo de limón que a ella le encantaba saborear a medida que saboreaba los labios de su contrincante, en esa rutina cómplice, con ese nivel de entendimiento que solo dos personas que nacieron únicamente para estar la una con la otra conocen. Porque siendo una mujer de pocas palabras y hasta ciertamente inexpresiva, había aprendido a utilizar el lenguaje corporal para decirle a Santiago cuanto lo amaba. Y Santiago le creía, porque la amaba el doble.

 

Al momento de despedirse, con los labios ya cansados, le prometió una sorpresa muy agradable que había preparado para él a fin de celebrar su segundo aniversario.

  • ¡No seas tan chismoso y aguántate la picazón!
  • Ya pues, dime que va a ser.
  • Ya, ¡vaya a tomar su leche! -contestó riendo.
  • Está bien, ¡pero que conste! Tengo aquí el Nro. 006 esperando por ti.

 

Y sacó de su bolsillo el sexto de una cadena de escritos que pensaría llegaría a los cientos, de ahí el estilo de numeración. Ahora ella estaba en sus manos, pero como la promesa del reencuentro estaba dada, había que aguantarse.

Ese reencuentro jamás ocurrió ni ocurriría.

Tiempo después, tocan a la puerta. Santiago abre y, para su sorpresa, era ella que de nuevo aparecía frente a él, como si el tiempo se hubiese detenido e incluso retrocedido. Muy suelta de huesos, luego de ese beso tan añorado, se introdujo en sus aposentos.

Hicieron el amor de una manera distinta, más apasionada que nunca pero a su vez muy lejana, como si se tratase de un encuentro casual con la persona más deseada.

Después de la agonía, ahora él la miraba, incrédulo y en completo desasosiego.

  • ¿Por qué no fuiste? ¿Por qué me fallaste? ¿Por qué me dejaste?
  • ¿Estás loco? Que dices… ¿Estás con alucinógenos o algo así? Creo que esa parte de tu vida anormal es para ti y que no creo poder ayudarte, disculpa pero estoy en época de limpieza interior y esas alucinaciones no contribuyen en mí.
  • Pero… ¿es que no te das cuenta?
  • Santiago: ¡Ponte bien! ¡Ya pasó!
  • Pero Adriana… tú…
  • Mañana es nuestro segundo año y solo quise pasar por aquí para robarte una sonrisa y llevarme tu sudor conmigo. Ya mañana es otro día. Por favor vienes a mi casa a las ocho en punto.
  • Está bien, lo que tú digas.

 

A la hora convenida, tocó la puerta de la casa. Una construcción cuadrada de dos pisos más una azotea situada en un pasaje sin mucho tránsito. Adriana pronto se acercó a abrirle, pero esta vez, hubo algo diferente en su reencuentro. En lugar del acostumbrado beso en los labios, esquivó el encuentro de su nariz y le dio un beso tenue en las mejillas.

  • Pasa, por favor. ¡Que gusto que hayas podido llegar, tanto tiempo ya sin vernos!

 

Para entonces, Santiago ya había notado que algo andaba mal, muy mal, y no necesariamente por el frío recibimiento de ella: una vez cruzó la puerta se encontró con una visión completamente distinta de la casa. En lugar de la escalera que llevaba directamente al segundo piso, había un enorme jardín, adornado como si de una fiesta infantil se tratase. Adriana lo ubicó rápidamente en una silla y le ofreció una cerveza en botella personal.

  • Siéntete cómodo, por favor. Ya regreso.

 

De pronto, un niño de apenas tres años llegó a su costado y se detuvo a observarlo. Tenía puesto un short azul de tela y una camisa a cuadros, además de una sonrisa que le resultaba familiar. Le tendió la mano a manera de saludo y muy cordialmente le pregunto:

  • ¿Eres amigo de mi mami?
  • Hola, ¿Cómo estás? No lo creo, no tengo el gusto de conocerla, pero dime: ¿Cómo te llamas?
  • Yo soy Ángelo.
  • ¿Ángelo dices que te llamas?
  • ¡Aquí estabas, ven aquí! -interrumpió Adriana- Veo que ya conociste a mi bebé.
  • Pero… esto no puede ser, ¿Es en serio? ¡Esto es una broma de mal gusto, Adriana!
  • ¿Pero por qué no? -espetó ella, con total naturalidad.

 

En ese momento un nuevo interlocutor entra en escena. El niño, corre a abrazarlo al verlo y es cargado en brazos. Se trata de su padre.

 

Santiago fija su mirada en él y le reconoce: Ángelo Mariani. Una serie de emociones, tumultuosas todas, empiezan a forjarse en su interior. De pronto, detrás de Ángelo, una figura muy conocida, es reconocida también: se trata del Dr. Santiago Riera Villena, padre de Santi, quien al reconocerlo no puede hacer otra cosa que comprobar que algo estaba mal, muy mal. El Dr. Riera tenía ya veinte años de fallecido, sin embargo, allí estaba, vistiendo un terno oscuro, y contemplando la escena con total mutismo, sin mostrar emoción alguna.

  • ¡Papá…!

 

Estaba a punto de correr al encuentro de su padre, presuroso por conocer o recibir alguna explicación de porqué lo dejó solo, a tan corta edad, y porque su madre, nunca quiso saber más de él, cuando de pronto fue interrumpido por Ángelo padre.

  • A ver, ¡Una foto para la posteridad! -exclamó, mientras Adriana cogía a su retoño y sonreía feliz, como si hubiera alcanzado la realización personal.

 

Ángelo no tuvo mejor idea que acercar la cámara al rostro de Santiago, casi apoyándola en su hombro derecho, a manera de trípode a la vez que lo miraba con una sonrisa de satisfacción, desafiante. Santiago sintió que se trataba de una afrenta, de una provocación expresa. Además, conocía a Ángelo: había tenido no uno, sino varios problemas con Adriana por culpa de este hombre, y el hecho de que le enrostre de esta manera su paternidad con ella, con el amor de su vida, merecía una reacción digna de recordar.

 

A la vez que la sangre empezó a hervirle (literalmente), en menos de un segundo calculó sus siguientes movimientos: cogería con su mano izquierda la mano derecha de Ángelo, que sostenía la cámara, tiraría de ella violentamente hacia abajo y con el otro brazo, lo agarraría del cabello y estrellaría su cabeza contra la mesa que tenía al costado. Al mismo tiempo, cogería la botella de cerveza y se la enterraría en el rostro, para después levantarlo y ponerlo frente a él -ya servido y sazonado- para finalmente despacharlo con una patada al rostro, esperando tener la dicha de que pueda ponerse en pie, para seguir dándole castigo hasta volverlo una masa irreconocible de piel, sangre y huesos.

 

Si a algo se le daba bien a Santiago, eran los golpes. Había algo en él que cambiaba en el momento que su propio demonio interior tomaba posesión y control sobre sus actos. Se volvía más ágil, más inteligente y enfocado, teniendo como único objetivo hacer el mayor daño posible al rival de turno. Obviamente, tenía que suceder mucho para que esto suceda, siendo que a sus veinticinco años ya había alcanzado un cierto grado de madurez que le permitía llevar un mejor control de sus impulsos y emociones. Sin embargo, esta vez, la sola presencia de Ángelo padre era suficiente para encender esa mechita peligrosa que lo transformaba en una máquina agresiva sin freno ni control.

 

Rápidamente, cogió la mano de Ángelo como había calculado, pero hubo alguien que distrajo su atención: era su abuelo, Santiago Riera Pérez, quien esta vez lo observaba sentado, en una silla a dos metros de él.

 

Santiago observó a su abuelo, y una lágrima cayó por su mejilla. Al igual que su padre, su abuelo tampoco pertenecía al mundo de los vivos. Hacía ya cinco años que lo había dejado solo, a su suerte. Y es que después de la muerte de su padre, se desencadenaron una serie de eventos que terminaron dejando al pequeño Santiago al cuidado de su abuelo, siendo criado y cuidado por este último, mientras que su madre se alejaba por completo de su lado, algo que ayudó mucho a forjar su carácter.

  • Si serás imbécil, espetó el abuelo. ¿Qué creías, que estaba destinada para ti? Hazme el favor y termina de una vez lo que empezaste. Sécate esa ridícula lágrima de mujercita y estampa a este miserable contra la mesa. ¡Apúrate que me estoy aburriendo de todo este melodrama! ¡Haz lo que sabes hacer, se tú mismo, libérate y siente como eyaculas de placer a la vez que das rienda suelta a tus deseos de justa retribución!

 

En ese momento le reconoció. Podría adoptar la forma de su abuelo o de quien quisiera, pero esa voz siempre le delataba, una voz áspera, gruesa, casi inhumana era la que salía del interior de su abuelo, quien permanecía con los labios inmóviles mientras hablaba, como si su voz proviniese de sus poros, de su respiración.

  • Callado serías un poeta, hijo de puta -contestó Santiago, que se acababa de dar cuenta que se encontraba en el inhóspito mundo de los sueños y al frente de su sombra, esa que llevaba ya buen tiempo acosándole. Rápidamente observó a Ángelo y en lugar de ejecutar su plan inicial, le quitó la cámara y la puso en la mesa. ¡Aléjate de mí, pedazo de mierda! -le espetó, a la vez que de un violento empujón, lo lanzó dos metros hacia atrás.
  • ¿Cambio de planes?, veamos a donde nos lleva esto, contestó la entidad.
  • ¡Ahora sabrás a donde nos iremos tú y yo! -contestó Santiago, quien ya tenía en sus manos a su antiguo medallón de plata, que le fuera entregada por su verdadero abuelo, en su lecho de muerte.

 

Estaba a punto de iniciar un ritual en latín cuando una luz lo cegó, a la vez que desaparecían no solo al demonio que tenía enfrente, sino toda la escenografía, el jardín, Adriana y su familia, su propio padre, todo. Un aroma cítrico lo envolvió, a la vez que una mano fría pero cálida a la vez cogía la suya y lo sacaba de allí, alejándolo de ese lugar, de ese vacío.

  • ¿Mamá? ¿Eres tú?
  • Tienes que reaccionar, esto no te hace bien, Santiago -espetó una voz que no supo reconocer- Debes dejar todo atrás, por favor. Debes perdonar y olvidar. Esto te va a consumir, ¿Es que no te das cuenta?

 

 

Súbitamente abrió los ojos y se levantó furioso, listo a destrozar al primero que se cruce en su camino. Lo primero que tuvo a su alcance fue la botella medio vacía de un Single Barrel: la cogió rápidamente y la lanzó contra lo que tuvo al frente, su recién estrenado espejo de cuerpo entero, que estalló en mil y un pedazos, dejando toda la habitación llena de esquirlas y aromatizada por el aroma de su bourbon preferido. A la vez que sucedía todo esto gritaba a voz en cuello:

  • ¡¡¡Hijo de puta, te juro que te retornaré de nuevo al infierno!!!

 

Un ligero hálito a podredumbre pasó tenuemente ante sus narices y se esfumó por la ventana, a la vez que sonaba el eco de una risa burlona que se desvanecía lentamente, conforme comenzaban a entrar los primeros rayos solares de la mañana.

 

Santiago, completamente abatido, se dejó caer nuevamente en la cama. Lágrimas de rabia y frustración empezaron a caer por sus mejillas. Su mirada, fija y vacía no hacía otra cosa que centrarse en el blanco pálido del techo, mientras sus puños poco a poco perdían rigidez a la vez que una pequeña sensación de dolor empezó a distraerlo de su ensimismamiento. Su mano izquierda sangraba profusamente. Al parecer al despertar violentamente de su sueño lanzó un golpe de reflejo que hizo pedazos la lámpara de vidrio que tenía al costado en su velador. De pronto frunció el ceño a la vez que el raciocinio tomó nuevamente el control de sus actos.

  • Carajo, -suspiró- tengo que hacer algo pronto. Por huevón me quedé sin lectura por las noches. ¡Por la puta madre! Esta huevada tiene que terminar. No puedo seguir de esta manera. Debo hacer algo pronto, muy pronto o me voy a quedar sin dinero, y sin lectura, y sin espejos. Pero primero, debo calmarme un poco, y tengo la receta para hacerlo, al menos de momento.

Y tú, Adriana, eres una imbécil… tanto como yo. Más tarde iré a visitarte y te dejaré unas flores, aunque no sé si tenga sentido alguno, si ya te fuiste, si ya no estás más aquí…

 

Caminó entre vidrios y astillas hacia el baño, se lavó la herida lo mejor que pudo con una serie de movimientos mecánicos, perfectamente sincronizados, como si se tratase de una rutina que de hecho conoce muy bien, ya que no se trata de la primera vez que se auto inflige este tipo de lesiones. Una vez que menguó el sangrado y ya envuelta su mano en una pequeña toalla, se acercó a su minicomponente, encendió un cigarrillo, presionó el botón play y se sentó sobre su viejo sillón, cerró los ojos y recordó nuevamente todo, mientras sonaba esta canción…

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