Capítulo VII
El Socio de la Conquista
Luego del portazo, Santiago no supo de Milagros por mucho tiempo. El tránsito del kitchenette donde vivía volvió a ser unipersonal, individual, de una sola ración, en compañía de la soledad. Salvo la ocasional visita de la presencia que por allí deambula, los días volvieron a ser monótonos, aburridos, sin otra rutina que no fuese preparar el almuerzo, ver televisión, leer, tomar un trago y dormir. Incluso en la oficina, ella se las ingenió para evitar cruzarse con él en lo absoluto, desapareciendo de lugares comunes, de pasillos y de accesos, como si de pronto un nuevo turno se hubiese aperturado y ella fuera la única que marcase asistencia. Inclusive dejó de cruzarse con él en el comedor, prefiriendo salir a almorzar fuera, en compañía de otros compañeros, dentro de los cuales el más entusiasta con esta nueva costumbre no era otro que César, quien aprovechaba cada ocasión a solas con Milagros para gileársela a diestra y siniestra, aunque sin mayor éxito, claro que la paciencia es un verdadero arte.
Conforme fueron pasando los días, esa sensación de pérdida, de aislamiento y de soledad volvió a apoderarse de él. Nuevamente empezó a retomar el modo solitario, del no depender de nadie, y que nadie dependa de uno, de tomar decisiones respecto a las nimiedades del día a día sin consultarle a nadie, “a nadies”: que si deseo prepararme un bisteck, pues me lo preparo y punto; que si me apatece rascarme las pelotas desnudo sobre la cama, pues me las rasco y punto; que si deseo desayunar un pan con huevo frito, pues me lo frío y punto; y si me da las ganas de servirme una dosis extra generosa de alcohol, fumarme dos cigarros, soltar un eructo o hasta un sorete, pues enhorabuena. Haberle permitido el acceso a Milagros a su vida cotidiana y haberla empezado a convertir en una suerte de compañera hizo que graduara algunas de sus costumbres, especialmente en lo relacionado al consumo cotidiano de alcohol y en sus hábitos alimenticios. Si algo le gustaba, además de revolcarse con ella, era atenderla: prepararle lo que ella quisiera de comer, subordinarse a algunos de sus gustos en la televisión (salvo las novelas, especialmente las mexicanas, que le provocaban ganas de arrancarse los ojos con solo verlas, así como insertarse clavos en los oídos al escuchar ese acento que se le hacía tan insoportable) y salir de cuando en cuando a comer cualquier muerte-lenta fuera. A pesar de que ella no lo notaba, que una persona naturalmente huraña como él hubiese adoptado esas maneras más convencionales era su manera de expresarle que si le importaba, que si disfrutaba de su compañía, aun cuando prefería guardar cierto hermetismo sobre algunas partes de su pasado, lo que ella sabía comprender, conocedora también del arte de la paciencia, aunque al parecer no del arte de lidiar con los celos.
Es por ello que una noche le sorprendió que le abordara de repente ese sentimiento de tristeza que parecía ya olvidado cuando, sin nada que le provocase hacer, súbitamente le abordaran esas repentinas ganas de llamarla, aunque sea para decirle “hola” y contarle como le había ido en el día, los pequeños detalles de lo que había acontecido esa mañana al despertar, lo que le provocó desayunar, los pormenores de la jornada laboral, lo que se preparó de almuerzo la noche anterior y lo que acababa de prepararse para la siguiente, en fin, lo común y corriente de lo cotidiano que sin embargo se tornan importantes cuando se tiene la oportunidad de compartirlo con alguien, sentir que esas nimiedades le interesen genuinamente a alguien más, por muy simples o superficiales que puedan ser: la empatía de tener una compañía en la soledad. Extrañó como nunca a su abuelo, ido ya hace varios años e incluso a la misma Adriana, aunque en este caso le abordó también ese sentimiento de profunda decepción, de frustración y hasta de rencor por como pasaron las cosas, por como ella decidió tomar el camino que tomó.
Sin embargo, esa sensación le era muy familiar, muy conocida y, por tanto, sabía también que, al haberse vuelto algo constante en su vida, una dolencia por así decirlo crónica, tenía o en todo caso se las ingeniaría para conseguir las herramientas necesarias para saber procesarla y recuperarse más rápido que cualquiera de ese tipo de sentimientos por así decirlo negativos. Todo lo contrario de lo que vendría a ser una especia de hipocondría emocional. Una vez que recibes varias heridas, las costras que se acumulan, forman finalmente una especie de coraza, de caparazón que te permite lograr ese instinto de auto preservación que te inhibe de seguir lamentándote por tu mala suerte, por tu soledad y, sobre todo, por las pérdidas que vas acumulando a lo largo del camino, te vuelves por así decirlo un perdedor profesional, un summa cum laude en el arte de resistir y rebatir la decepción y desengaño. Finalmente, todo se resume a una expresión matemática donde la única constante que permanece inalterada es uno mismo, una ecuación donde sin importar cuantas variables se interrelacionen en un sinfín de complejas fórmulas, algoritmos y teoremas, finalmente la respuesta será uno.
Entonces el truco se puede definir en una palabra o quizá en dos: resistencia y resiliencia. Hay que seguir viviendo. Hay que continuar. El rendirse ante la autocompasión no es una receta que Santiago esté dispuesto a prescribirse. Ha pasado ya por muchas pérdidas: su padre, su abuelo, el abandono por parte de su madre, Adriana, y en el medio un buen número de amigos, conocidos y compañeros que fueron tan solo aves de paso, estaciones temporales en el que el tren de su vida se detuvo momentáneamente a hacer pequeñas paradas, pequeñas escalas para reabastecerse, para soltar una que otra carga, quemar alguna que otra etapa, y así llegar a la siguiente estación, hasta que llegue ese momento en el que se acabe la vía y el tranvía llegue a ese último y definitivo destino, acaso si no se descarrila antes. Entonces, la frialdad de Milagros se hacía realmente una nada, un hecho meramente insignificante, anecdótico si se quiere ser justo con ella y con las vivencias acumuladas a lo largo de los pocos meses en los que se aventuró a subirse en ese vagón nebuloso, indefinido y lúgubre en el que Santiago parecía viajar cómodo, a placer.
- La verdad es que no entiendo a esta comadre, apenas si nos estamos viendo algo de tiempo y ya me sale con este tipo de berrinches, pero es que ni siquiera le presté la debida declaración jurada. Como diría mi pata Frank: “mujer que no jode, es hombre”. Estoy seguro que solo quedaría por añadir “Y si no te jode, preocúpate porque seguro que está jodiendo a otro”. Aunque ahora que lo pienso, debe ser que algo de sonámbulo tengo: ¿Cómo chucha se pudo enterar de Adriana? Si es algo de lo cual no hablo en lo absoluto y solo unas pocas personas conocen de ella. ¿Será que ni habiéndose ido me dejará nunca? ¿Hasta cuándo seguiré así, sin poder olvidarla? Al final no sé a quién temerle más, si a su recuerdo o a esa sombra que me viene acechando ya buen tiempo. Al menos esta no me visita hace buen tiempo, lo cual es un buen avance, aunque no tengo idea del porqué de su silencio.
Luego de charlar consigo mismo, optó por terminar el último sorbo del Jack Daniels que suele tomar cada una de esas noches en las que no se le apetece en lo absoluto adentrarse en el imprevisible y tumultuoso mundo de los sueños. Este bourbón se hizo su preferido la noche en que llegó a la conclusión de que una vez dopado con la suficiente cantidad de copas en su organismo (con cuatro bastaban) caía, sin estar ebrio, en un estado de sueño profundo, comatoso, imperturbable en el cual podía olvidarse por completo de los sueños, e incluso de esa jodida sensibilidad que le atormentaba cada vez que recibía la visita no deseada de alguna entidad ansiosa por transmitir cualquier mensaje al plano de los vivos. De lo único que el buen Jack no podía liberarlo era de la ocasional visita de su sombra, esa entidad que nunca perteneció a este plano dimensional y que por pura estupidez hizo que se le adhiera, como una lamprea, como una rémora, como ese herpes que adquieren algunas personas y que les acompañará el resto de sus vidas.
Fue precisamente esa noche en la que su receta una vez más probó no ser suficiente.
Alrededor de las tres de la madrugada, luego de haber hecho hasta lo imposible por conciliar el sueño incluyendo, además de cinco copas de Jack, una película de Cronenberg, un libro de Vargas Llosa, una sesión de autoservicio con Manuela Pajares y hasta el llenado a medias de un crucigrama, por fin empezó a quedarse dormido cuando de pronto, encontrándose con los ojos cerrados, obligándose a dormir, notó como empezó a iluminarse todo a su alrededor para después, pese a estar lo suficientemente abrigado, percibir esa aterradora brisa pasar por una y otra vez a su alrededor, alterando por completo su equilibrio corporal, subiendo y bajándole la temperatura al unísono para después posicionarse encima suyo y empezar a ahogarlo, a presionarlo de tal manera que le costaba respirar con normalidad, pero sobre todo a ejercer tal presión sobre él, que sus oídos se tapaban y le era prácticamente imposible reaccionar, levantarse, encender la luz y liberarse de su acoso. No se trataba de esas pesadillas en las que el que las sufre tiene problemas para despertar. No en lo absoluto. Santiago siempre permanece consciente de todo cuanto acontece, consciente de los cambios en su temperatura corporal, consciente de los pitidos en sus oídos, de la presión sobre su cráneo, de la imposibilidad de moverse, como si tuviese un peso excesivo encima, y sobretodo, como si algo o alguien quisiese adentrarse en sus pensamientos, invadirlos por completo, tomar control y posesión de él. En esto era en lo que más se concentraba en rechazar cada vez que sufría este tipo de ataques, para lo cual se amparaba en orar las oraciones de protección que su abuelo le enseñó, en rezar el rito romano escrito en latín sobre su medallón de San Benito y en invocar al espíritu de su abuelo basando su fe en la creencia de que es el viejo Santiago Riera Pérez quien lo protege, lucha con él y le ayuda a liberarse cada vez que sufre uno de estos ataques.
En esta ocasión, el episodio completo duró alrededor de cinco minutos, más que suficientes para dejarlo completamente exhausto y abatido, incapaz de querer conciliar el sueño, acaso este demonio esté nuevamente esperando un momento de flaqueza para volver a la carga. Sin embargo, a grandes problemas, simples soluciones: encendió la luz, colocó una varita de incienso a un costado de su mesita de noche, rezó una vez más todas las oraciones e invocaciones de protección para estos casos, se envolvió en sus sábanas y retomó la lectura de las aventuras del gran Lituma en los Andes, hasta que por fin, perdió la conciencia y se abandonó no solo a dormir, sino a recuperar las energías que acababa de perder.
Felizmente, todo esto le sucedió un viernes, así que disponía la mañana del sábado para continuar recuperándose de la mala noche anterior, que fue lo primero que pensó cuando reaccionó y el viejo Edox le señaló que apenas eran las 8.30 de la mañana. Dispuesto estaba a retomar el sueño cuando de pronto llamaron a su puerta, con cierta insistencia.
- ¿Milagros, eres tu?
- ¡Cual Milagros, huevón! ¡Abre la puerta de una vez!
- ¡ja ja ja, no puede ser! ¿Frank?
- ¡Quien más va a ser pues! ¿Vladimiro Montesinos? ¡Abre, gato pajero!
La alegría que le invadió el reconocer la voz de Francisco hizo que se le olvidara no solo el cansancio, sino incluso del pequeño episodio de terror de la madrugada.
- ¿Cómo estás, huevón? ¿Cuándo llegaste? – fue lo primero que le dijo después de darse un efusivo abrazo.
- He llegado a eso de las nueve, y te juro que hubiera venido a buscarte para tomarnos unas aguas de no haber sido a que por idiota me olvidé de comprar mi boleto a tiempo y tuve que venirme en una cagada de bus de la Ramos Hermanos, que si bien no se malogró como siempre, me jodió el viaje al tener el asiento con el respaldo jodido, así que como podrás comprender, lo único que me apeteció ni bien llegué, fue ponerme a dormir, más cansado que galán de porno.
- Habría sido el despelote que vinieses, y me habrías ayudado de paso.
- Por la cara que tienes, pareciese que no hubieses dormido en días. ¡Estás hecha una mierda!
- Putamadre… ayer tuve una de esas visitas.
- ¡No jodas! Verdad que es junio.
- Si, se aproxima la noche más fría del año.
- Habrá que prepararse. ¡Extraño hacer esas sesioncillas con lo oculto! Pero antes, cámbiate huevón que me cago de hambre.
- La verdad que yo también. ¡Vamos al mercado que he descubierto un puesto donde venden unos tamales con su zarza criolla que te cagas!
- Se me antoja más un lomo saltado con su huevo montado.
- Y a ti que te encanta que te monten, maricón.
- Fuera, tragasables.
- Ya, vamos que ahí mismo también encuentras eso. Y después, unas chelas para empezar bien el fin de semana. Hay mucho de que conversar.
- Empezando por quien coño es Milagros.
- Listo, vamos.