Capítulo IX
Nunca juegues con fuego – Segunda parte
Una de las cosas que más me gustaban del colegio (de ese colegio) era una tradición virtualmente sacro–santa para todas y cada una de las promociones que por allí pasamos a partir de primero de secundaria: la de los campamentos al aire libre. En total, eran dos veces al año las que salíamos a la aventura por un fin de semana completo, de viernes a domingo, por lo general al término del primer y tercer bimestre, concordando con el inicio de las estaciones de invierno y primavera.
Como jovenzuelos habituados a la vida citadina, la llegada de estas estas excursiones era como la miel para los labios de nuestro espíritu aventurero. A medida que avanzaba el calendario escolar prácticamente contábamos los días para la llegada del día de la partida, al fiel estilo de los niñatos que cuentan días, horas y hasta minutos para la llegada de las doce campanadas y así poder correr como dementes en pos de los regalos que Papa Noel -o sea, sus viejos- les dejaban en algún punto estratégico de la sala. Así como el niño que lo que más añora es el deseo de tener un nuevo juguete que destruir para después esperar al reemplazo cumpleañero y luego al de la próxima navidad, nosotros añorábamos la llegada de estos campamentos para gozar de toda la libertad que nos permitía un fin de semana entero aislados del control y de las reglas de los padres de familia, así como de cualquier contacto con la civilización, recordando que en aquella época no existían cosas como la Internet, los teléfonos celulares, el Messenger, el HI5, el Wifi, el Facebook y todos esos gadgets que arruinan lo que debería ser una infancia de la putamadre hoy en día. A las justas si teníamos el Nintendo o la Serie Rosa que pasaban todos los domingos a la media noche después del recordado Goles en Acción del bigotón Beingolea. Menos mal que el programa deportivo era lo suficientemente decente como para poder quemar tiempo mientras llegaba la pajeril hora del autoservicio para aquellos bienaventurados que podíamos darnos el lujo de tener un televisor en la habitación a fin de que la noche nos sea propicia… (Privilegio que debo agradecer a mi abuelo, que imagino así podía mantenerme entretenido mientras él mismo veía los mismos programas en su propia habitación. Sería viejo, pero no cojudo).
- Jajaja –interrumpió Francisco, mientras bebía un sorbo de cerveza, cómodamente sentado en un sillón mientras bebía con Santiago en sus dominios– La Serie Rosa era del carajo. Debo haber quemado miles de neuronas esos domingos por la noche. ¡Estoy seguro que de no haber existido ese programa, hoy sería más inteligente!
- Si pues. ¿Lo recuerdas? A quien chucha le importaba si el huevón de Chemo Del Solar se la comió de huacha en España o si Waldir metía uno o dos goles más que Ronald Baroni. ¡La Serie Rosa era la voz! Me cagaba de risa cuando la profesora Cam nos recibía todos ojerosos los lunes en la clase de física, pensando que de seguro nos habíamos pasado la noche estudiando el número atómico del magnesio.
- Si, huevón… Yo no sabía si llegaba demacrado al lunes por haberme quedado desvelado esperando que acabe Goles en Acción o por las terribles pajas que me hacía dándome por servido con solo ver un par de tetas. ¡Es que el porno de antaño era tan romántico! Y ese huevón de Beingolea… ¡Te apuesto que su programa no habría tenido ni la mitad de audiencia de no haberse pasado la serie a continuación! ¡Ni siquiera habría llegado al Congreso!
- Esa huevada no era porno, pendejo. A las justas sería softcore hoy, pero de que era un clásico, lo era. ¿Recuerdas el estribillo? Guardad celosamente el secreto de la Serie Rosa, contádselo solo a los que améis y acudid con ellos a esta cita. Que la noche os sea propicia.
- ¡Sí! ¡Salud por eso, bestia! Recuerdo también a ese gordito lascivo que parecía Mario Bross después de comerse a Dino y que conducía ese programa llamado Colpo Grosso con todas esas calatas que bailaban al Ritmo de Chin, Chin… Me parece que era italiano el chucha.
- Al huevón ese que haya sido el dueño de Global Televisión por aquella época deberían hacerle un monumento carajo, y colocarlo bien al fierro en la Plaza San Martín, o frente a Palacio de Gobierno.
- Putamadre, tiempos aquellos. Extraño cuando la vida era tan simple, tan feliz, tan sincera. Hoy día nos la pegamos, Santi. Pero nos estamos yendo por las ramas. Sígueme contando, por favor. ¿Qué pasó?
Bueno, como ya se mencionó, teníamos dos de esas excursiones cada año. La primera por lo general era al campo, a un lugar de la sierra lo suficientemente alejado como para disponer de la privacidad y la lejanía necesarias como para no sentir la presencia de la civilización, pero lo suficientemente cerca de cualquier vía de comunicación en caso se suscite alguna emergencia, que por suerte nunca se dio. Igual se daba en la segunda, solo que en aquellas ocasiones el destino por lo general era alguna playa un tanto desolada, a manera de desear y anticipar la pronta llegada del verano.
Lo que ambas excursiones tenían en común eran la compañía de uno o dos tutores quienes eran los responsables de la seguridad de cada uno de los alumnos así como de organizar la instalación de los campamentos, la conformación de las distintas comisiones como las a cargo de la preparación del desayuno, del almuerzo o de la cena, así como la organización y aprobación de las actividades de cada día teniendo como base la integridad de todos y cada uno de los presentes. Estas actividades por lo general combinaban juegos recreativos, excursiones, deportes como el fútbol o baseball mientras duraba la luz del sol; y fogatas, la narración de historias de terror, discusiones de toda índole o con la ayuda de alguna guitarra, la entonación -desafinada, por cierto- de canciones de grupos de moda como Soda Stereo, Enanitos Verdes, Sui Generis, Los Prisioneros e incluso de Leuzemia que algún transgresor bien intencionado colaba de taquito, para las horas en que la noche tomaba posesión.
Por lo general, y esto quedaba sellado en una especie de Código de Omertá, a partir del tercer año de media estas actividades nocturnas eran acompañadas por la ingesta furtiva de alguna que otra bebida alcohólica, pero muy discretamente y con la complicidad de los tutores a cargo que por lo general se hacían los de la vista gorda siempre y cuando no hubiera desmesura ni excesos de ningún tipo, toda vez que no eran todos los que se empecinaban en beber, sino por lo general grupos reducidos con los que al final quedaban en respetar la confidencialidad de lo acontecido al puro estilo “Lo que sucede en las Vegas…”
Otras cosas que estos campamentos tenían en común era la ausencia por completo de energía eléctrica, por lo que utilizábamos fogatas como fuente de iluminación, y el apoyo en los linderos por unas pocas lámparas a kerosene. De igual manera, no habían servicios higiénicos, por lo que en el caso de que te azoten las ganas de vaciar los intestinos, pues tenías que conformarte con alejarte lo suficiente para no joder al resto con tu cacofonía de olores y sonidos y cavar un hoyo para darte por servido. Lo que sí recomendaban era llevar un botellón de agua para darte una acicalada en caso terminabas embarrado por las actividades físicas del día sábado.
Pues bien, ese año en que cursábamos el tercero de media sucedieron ciertos eventos que contribuyeron a sentar las condiciones propicias para lo que aconteció después. A saber: 1) estábamos en la playa, a cuatro kilómetros del pueblo más cercano, 2) en el fútbol playa del medio día recibí una patada criminal por parte del cachetón Balarezo que me dejó cojo, 3) teníamos por único tutor a Tony Chaupis, joven sacerdote con el espíritu lo suficientemente libre como para permitirte la ingesta de bebidas alcohólicas así como fumarte un par de puchos si querías, 4) que por descuido del turno del almuerzo se consumió en el mismo el pan que estaba destinado a la cena por lo que 5) todos se animaron a salir de excursión en busca de provisiones al pueblo más cercano, y por provisiones nos referimos, además de algo de comer, a la provisión de cigarrillos y sobretodo de cualquier bebida alcohólica que estuviese a la mano. Para ello, la afición estaba bastante entusiasmada al contar con la venia de Tony quien se apuntó a organizar la colecta para el trago y los cigarros, amén de colaborar él mismo con una jugosa contribución a la causa.
Respecto a Tony, debo incidir en que no debemos de juzgarlo negativamente por ello. Siendo un joven sacerdote por aquella época, estaba convencido de que para poder aconsejar y guiar a los alumnos un buen método era integrándose a ellos como uno más del grupo, para luego ejercer su liderazgo positivamente en el rebaño. Tony tenía un carisma muy especial y era aceptado como a un hermano mayor por todos. Dirimía efectivamente ante cualquier disputa o discusión que pudiera surgir y participaba activamente en las conversas que acontecían alrededor de las fogatas, contando mil y un historias con las que entretenía a todos y bebía por cierto también, pero con suma moderación, la bebida espirituosa de turno. Esa era su manera de vigilar y controlarnos a todos. Comprendía lo suficientemente bien a los jovenzuelos como para privarlos de un par de tragos o pitadas pero por otro lado estaba convencido de que la mejor manera de evitar cualquier problema era que las cosas sucediesen a vista y paciencia suya, en lugar de a escondidas, a sus espaldas. Realmente Tony era un tipo divertidísimo que habría llegado a ser un cura de la putamadre de no ser porque conoció al año siguiente a una misionera norteamericana de la que se enamoró a lo bestia, lo suficiente como para dejar el hábito y entregarse por completo a ella, formando una familia de la que estoy seguro debe ser muy feliz hoy en día.
Recuerdo que se me acercó esa noche y me dijo: Santiago, no puedes caminar, pero te traeré algo para que puedas comer más tarde así que quédate a cargo del campamento. Siempre agradeceré el especial cariño con el que me trataba Tony, conocedor seguramente de que por única familia tenía a mi abuelo. No tuve miedo en lo absoluto a quedarme solo. Por aquellos tiempos, la vida era mucho más sana y no había la cantidad de delincuentes que existen ahora. Y por último, estábamos a inicios de octubre, por lo que la gente estaba más en las ciudades que acampando en las playas.
Por otro lado, realmente no me estaba quedando solo. El Perro Amat, huraño por naturaleza, había decidido quedarse también, motivado por la pereza que le hacía rehusar la sola idea de tener que caminar ocho largos kilómetros, la mayoría sobre arena, para conseguir unas provisiones que no necesitaba en lo absoluto. Tony no puso reparos a la negativa del Perro a salir del campamento, puesto que se sentía más tranquilo de saber que no me estaba quedando solo, a pesar de tener por toda compañía al antipático de Miguel Amat.
- Ven conmigo, Santiago – me espetó. En mi carpa tengo mis propias provisiones. Mi vieja de ninguna manera me habría mandado sin nada decente que comer por la noche. Te invito.
- Ya pues Miguel, te agradezco. La verdad que me había quedado con hambre y estimo que el grupo se va a demorar no menos de una hora en regresar.
- Ningún problema Santi. Además siempre disfruto de poder conversar contigo. Eres distinto al resto.
Una vez en su carpa, nos comimos unas bolsas de bocaditos Chipys entre los que estaban los fenecidos Tico Tico, así como chicharrones y chizitos, además de galletas de chocolate y leche chocolatada Dos Alamos.
Ya saciado el hambre e intercambiado una que otra apreciación sobre temas tan intrascendentes que ni siquiera lo recuerdo, decidí ser más agresivo, y ante el recuerdo de la historia contada por Humberto, opté por ser lo suficientemente atrevido como para plantarme frente a él y preguntarle directamente, a quemarropa:
- Miguel, quiero preguntarte algo que la gente viene comentando desde hace un tiempo.
- Vale, ¿de qué se trata?
- ¿Es verdad que hiciste pacto con el diablo?