Capítulo XIII
Ni bien cerró la puerta de su caverna, se dejó caer pesadamente sobre su cama, como quien lleva todo el peso del mundo a sus espaldas. Se sentía colérico, frustrado y sobre todo, avergonzado. Tenía la total convicción de haber mostrado el espectáculo más penoso ante una total desconocida. Una cosa es expresar de mil y un maneras su disconformidad con la vida que le tocó llevar bajo cuatro paredes, a solas, siguiendo la sagrada máxima que dicta que los trapos sucios se lavan en casa, y otra muy distinta es mostrar su fragilidad en una amplitud del tamaño del mundo frente a alguien que acababa de conocer, frente a una chica a la que recién acababa de conocer, y sobre todo, frente a esa chica.
- La cagaste olímpicamente. Eres un insigne huevón – se dijo mientras se observaba en el espejo, mientras terminaba de cepillarse los dientes, ritual que repetía infaliblemente todos los días antes de irse a la cama, salvo borrachera de turno.
Una vez soltó el cepillo, se metió a la ducha. Necesitaba no solo limpiar cuerpo, sino su mente. Estaba convencido de que un baño con el agua más caliente posible lo colmaría del sopor que necesitaba para quedar inmediatamente dormido, y que se acabe de una vez por todas este puto día que había pasado de prometedor a ser un completo desastre.
No pudo hacerlo en lo absoluto.
Horas antes, había luchado con toda su alma para acopiar las fuerzas necesarias para recobrar el control, para contener el llanto, para detener las lágrimas que corrieron por sus mejillas literalmente hasta secarse, pero fue completamente incapaz, falló miserablemente. Se sintió indefenso, como un náufrago a la deriva, con apenas un salvavidas y con una tormenta que se avecina en el horizonte. Por más que intentó recobrar la ecuanimidad, una y otra vez le asaltaron esas imágenes del pasado, como un enjambre de abejas que te punzan la piel una y otra vez, acrecentando cada vez más el dolor, y con ello, la desesperación, que a su vez no hacía otra cosa que agravar el ataque, haciéndolo cada vez más encarnizado, más vicioso y virulento.
Mil y un recuerdos pasaban por su mente mientras las lágrimas lo ahogaban y lo hacían inmune a cualquier intento de consuelo que Gabriela imaginara ensayar para tranquilizarle. Al final, no le quedó otro remedio que abrazarlo fuertemente y llorar en silencio a su lado, tratando de evitar que Santiago notase el dolor que le producía verle en esa desolación. No ayudaba en lo absoluto que los dos estén en ese estado de ánimo.
Una de las primeras imágenes corresponde al día que enterraron a su padre, fallecido prematuramente cuando la vida parecía decantarle lo mejor de su repertorio. Su madre había quedado devastada, y había sufrido tal ataque de nervios que le fue imposible presenciar como depositaban el féretro en su último lugar de remanso. Ese día, mientras trataba de comprender el significado de la muerte y cuanto habría de cambiar su destino la ausencia de su padre, pudo sentir las aún fuertes manos de su abuelo cogerle por los hombros y transmitirle serenidad, prometiéndole sin decirlo, que todo estaría bien, que ahora él se encargaría de cuidar que no le falte nada, especialmente el amor de un padre. Pasó el tiempo, y ahora se encuentra sentado a la mesa del comedor, repasando la lección para el examen de historia del día siguiente, cuando cursaba el cuarto año de primaria. Volvió a viajar en el tiempo, encontrándose recostado, el viejo sentado a su lado, luego de esa primera crisis que casi le costaría la vida, o al menos la cordura. De pronto, se halló a si mismo frente al retrete, vomitando los excesos de su primera borrachera, manteniendo el equilibrio con la ayuda del viejo, que le sujetaba mientras esbozaba una sonrisa al ver cómo iba quemando etapas el alocado de su nieto. Después se halló abrazándolo el día que cumplió sesenta y cinco años, justo antes de que empezaran a manifestarse los primeros síntomas de la severa artritis que poco a poco lo convertiría en un minusválido. Ahora corría como alma que lleva el diablo hasta el hospital, luego de enterarse del accidente que finalmente terminaría costándole la vida. Todos esos recuerdos parecían navajas que apuñalaban su alma una y otra vez, siendo cada hoja más afilada que la anterior, y servían como una suerte de combustible que avivaba la hoguera de un llanto que se hacía inacabable.
- Perdóname, abuelito – alcanzo a gemir apenas empezó a recobrar el dominio de sus emociones – no quise fallarte nunca.
Muy inteligentemente Gabriela, que alcanzó a escucharle, lo soltó un momento y extrajo una toallita húmeda de su cartera, con la cual procedió a secarle los ojos y limpiarle los surcos que habían dejado las lágrimas al recorrer sus mejillas. Acarició su rostro con ambas manos, lo atrajo hacía sí, y le dio un beso en la frente, con toda la ternura que pudo expresar. Poco a poco, Santiago fue recobrando la calma, hasta finalmente quedar en silencio, sereno, mirando hacia el suelo, derrotado, indefenso.
- Discúlpame por favor, Gabriela – musitó una vez terminaron el recorrido de regreso al viejo portón metálico – no era mi intención que presenciases todo este bochorno.
- Tranquilo, no pasa nada. Es normal llorar a nuestros seres queridos, sin importar cuanto tiempo haya pasado desde su partida.
- Ahora me tengo que ir.
- Lo comprendo. Déjame por favor que te lleve en un taxi, y de allí me voy yo a mi casa.
- Está bien.
Ahora, vestido únicamente con un bóxer y un polo viejo como único pijama, se recostó en su cama y encendió un cigarrillo. No podía dejar de sentirse culpable por el penoso espectáculo que había estelarizado en la tarde. La sensación de haberse mostrado como un ser frágil, impotente y abandonado le hincaba en lo más profundo de su alma. Detestaba, y se detestaba a sí mismo por haber perdido el equilibrio delante de una completa extraña. Recordaba uno de los tantos consejos que recibió del viejo: nunca le muestres tu debilidad al mundo, te comerá en un santiamén y luego te escupirá porque se dará cuenta que ni siquiera tienes buen sabor. Sin contar a Francisco y a su abuelo, solo había compartido sentimientos de ese tipo con una sola persona, y ella ya no está más en su vida, convenciéndolo de que no puede fiarse de nadie para encontrar la paz y la calma que se necesita medianamente para (mal) vivir.
De pronto sus pensamientos se posaron en la figura de Milagros. Sintió que fue una mala decisión el haberle permitido volver a entrar a su vida, luego de que fue ella misma quien decidiese alejarse de él de esa manera tan drástica aunque mínimamente justificada. Sí, puede ser que haya mencionado ese nombre en medio de un episodio de sonambulismo, pero no, mientras estuvieron compartiendo el tiempo juntos jamás tuvo la intención de traicionarla o buscar a alguien más. Al final, fue la practicidad en el consejo de Francisco la que le hizo dejar de lado la testarudez y el orgullo.
- ¿¡Y qué si se alejó de ti!? – le espetó secamente mientras apuraba una copa de bourbon – lo que importa es que ha vuelto, y sin que tú la busques siquiera.
- Si, cuñado, pero eso no quiere decir que en el futuro no lo vuelva a hacer. Me ha demostrado ser una persona con la cual no puedo contar. No puedo mantener en balance la ecuación de mi vida con ella como una de las variables. Prefiero que se vaya al carajo y me deje solo. No necesito sus desequilibrios hormonales ni sus tendencias posesivas.
- No seas huevón, Santiago. Es mejor que sobre a que falte. Nadie te está pidiendo que te cases con ella, no seas cojudo. Simplemente dale una oportunidad. Si la cosa funciona, pues en buena hora. Total, mientras no te dejes avasallar por ella y puedas estar tranquilo y salir a tomarnos unos tragos de cuando en cuando, todo bien, ¿no crees?
- No lo sé, viejo. No quiero que piense que puede hacer lo que quiera. No quiero que crea que me puede mandar al carajo de buenas a primeras, desaparecer y luego intentar volver como si nada, porque piensa que soy un idiota que la va a recibir todas las veces.
- ¡Al carajo tu orgullo, imbécil! ¿Sabe mucho la flaca de ti? ¿La necesitas en tu vida? ¿No puedes estar sin ella?
- Algunas cosas. Sabe que no tengo familia. Sabe de mi lado oscuro, pero no en gran detalle. Nada más. Y por otro lado no, no la necesito.
- Ya pues, huevón. No se trata de alguien indispensable. Puedes prescindir de ella cuando quieras, pero mientras tanto, tenla ahí. Siempre es necesaria la compañía, si no terminas volviéndote loco lidiando contigo mismo y con tus propios demonios, sin contar con ese que tienes afuera por ahí, dando vueltas.
- Bueno, ese es un punto a favor.
- Y aquí te doy otro: mándala a volar y, cuando te encuentres a solas, en un momento de necesidad en el que no te quede de otra que jalarte la tripa, vas a tener que conformarte con Manuela porque cojudamente no supiste guardar pan para mayo. Recuerda que una vez acostumbrado a cierto ritmo, es complicado volver a comportarte como un monje.
- Tienes razón, y andar por ahí puteando es un hobbie que resulta caro y vacío. Vamos a ver cuánto puedo aguantar su compañía, por muy buena compañera de catre que pueda haber resultado.
- ¡Así se habla, campeón!
- ¡Salud, Frank! ¡No te mueras nunca!
- Jajaja igual si me muero, te puedo visitar. ¿no?
- Con confianza.
Esbozó una sonrisa compuesta por y tres cuartos de picardía y uno de malicia cuando recordó la conversación con su amigo y la secuencia lógica que desarrollaron a fin de mantener a Milagros en su vida. Milagros. Pero ahora no es Milagros sino otro nombre el que le viene a la mente. ¿Y ahora qué hago con Gabriela? – pensó. De pronto, sintió la urgente necesidad de olvidar toda la tarde transcurrida, presionar imaginariamente las teclas CTRL + Z del teclado que comande una imaginaria máquina del tiempo que le retroceda no solo hasta ese momento en la panadería con Gabriela, sino hasta el preciso minuto en que salió a su casa en busca de un caprichoso desayuno que terminó desencadenando en el fallecimiento – prematuro a su entender – de su abuelo, el viejo Coronel Riera. ¡Lo que habría dado por tener ese invento en sus pajeras manos! ¡Cuántos momentos de alegría le hubiera podido arrancar a la vida en compañía de su abuelo! Seguramente no habría conocido a Adriana ni vivido todo lo que le tocó vivir por esa causa. O quizá sí, si era el destino el que habría querido que ella forme parte de su vida… seguramente de una u otra manera la sabiduría y el consejo del viejo habrían ayudado a prevenir el desastre en el que terminó todo. Quizá habrían terminado juntos finalmente… quizá ahora mismo en lugar de estar en este mini departamento divagando sobre sus miserias podría estar junto a ella, quizá en compañía de uno o dos hijos, felices en una gran casa, una familia feliz… hasta se imaginó al viejo, nonagenario, acompañándolos desde una silla de ruedas, sonriente y satisfecho de que al menos por una única puta vez, la vida te puede regalar un final de película, donde todos comieron perdices, para siempre. Lamentablemente, aún no inventan esa máquina, y si algún día llegara a ocurrir, seguramente el ya sería polvo desde mucho tiempo atrás, desaparecido, perdido en el limbo del olvido. Olvido. Olvido. Olvido. Esa es la palabra mágica, concluyó. Ahora todo lo que se necesita es olvidar, olvidar las horas pasadas, extirpar ese pedazo de vida como si de un apéndice inflamado se tratase, ese que te produce un indecible dolor, y que incluso te podría terminar matando si es que no se logra extraer a tiempo. ¿Y por qué se puede extraer? Porque al final no sirve para nada, es inútil, no ayuda un carajo a mantener las funciones vitales del organismo. Entonces, es prescindible. Incluso deberían extirparlo sin necesidad de esperar a que reviente, simplemente por precaución, como si se tratase de aplicar una vacuna. Pobre apéndice: la evolución lo hizo obsoleto, innecesario, aunque le dio la satisfacción de hacerlo peligroso, mortal. Entonces surge una nueva palabra. Evolución. ¡Eso es! Necesita evolucionar, subir un nivel. Y para ello, necesita exorcizar a esos demonios interiores que le agobian, a ese sentimiento de culpa, de debilidad, que desemboca en fragilidad y desolación. Volverse su propio superhombre como diría el bueno de Nietzsche. Y parte de la receta para encontrar esa piedra filosofal interior tiene que ver con Gabriela. Intuye que lo necesita, sobre todo porque muy en el fondo sabe reconocer que la atracción que empieza a girar en torno a ella terminará tejiendo, secreta y silenciosamente, una red en la que de quedar atrapado le resultaría difícil liberarse.
Y esos demonios que requieren exorcismo, esos sentimientos que desea desaparecer existen únicamente porque fueron frente a ella que se manifestaron. Pudo haber ido a solas al cementerio y terminar llorando un mar de lágrimas frente a la tumba de su abuelo, hacer la justa catarsis que necesitaba su espíritu, desahogarse, comerse su mierda a solas e irse a su casa tranquilo, liberado, a dormir el sueño de los valientes. ¿Pero por qué coño tuvo que aceptar ir acompañado? ¡Y precisamente por ella! ¿Será acaso que inconscientemente, motivado por la fascinación de ese beso inesperado y ese busto bien ponderado que, aprovechando cada oportunidad como si fuera la última, no quiso dejar a la Divina Providencia la chance de que pueda volver a encontrarse de manera casual con ella y encontrarla tan receptiva como para salir en una cita? Ahora nada de eso importa. Estaba convencido que todo se había arruinado. Y no por ella, que al parecer había incrementado su fascinación por él gracias a esa muestra de fragilidad, sino por él, que no se sentía en la capacidad suficiente de estar delante de ella sabiendo que había sido visto desnudo emocionalmente, expuesto al frío invernal de todas sus miserias y sin ningún abrigo con el que guarecerse, acaso si tiempos aciagos llegasen nuevamente. Entonces, el veredicto le quedaba claro: para complicarse la vida ya tenía a Milagros. No necesitaba una nueva motivación para sentirse intranquilo. Gabriela, muy a su pesar, tenía que desaparecer por completo de su vida. Seguramente nuevas chicas se cruzarían por su camino, con algunas le iría bien y con otras la cagaría insigne e impunemente, pero lo haría a su manera, recibiendo el menor daño posible, saliendo victorioso o derrotado al fin y al cabo, pero fortalecido y preparado para una nueva jornada, una nueva lucha, una nueva guerra con el sexo opuesto, con las dificultades de lo cotidiano, con sus propios demonios, en resumen, con la vida.
Se hallaba en esos devaneos, dialogando y conspirando con su propio Mr. Hyde cuando de pronto sonó el timbre de su celular y todas las cavilaciones que había estado maliciando quedaron por completo olvidadas una vez reconoció el nombre de quien le llamaba en la pantalla de su móvil.
- Gabriela, hola.
- ¿Estás bien? Me había quedado bastante preocupada. ¿Dónde estás?
- En casa. Mira, quería pedirte disculpas por lo que pasó esta tarde. Nunca quise que las cosas se dieran como ocurrieron. Si no deseas volver a conversar lo entiendo, no hay problema.
- Pero Santiago, ¿estás loquito? La verdad quería darte las gracias por haberte mostrado sincero y transparente conmigo, y por haber compartido esos momentos tan especiales, tan únicos. No puedo imaginarme lo difícil que ha sido vivir para ti, yo que estoy aquí en casa con mis padres y hermanas. Sinceramente no sé si yo podría tener la fortaleza para superar esos golpes que a ti te ha tocado recibir.
- Es algo que aprendes a lo largo del camino. Al final, cuando te quedas solo, ya no hay nada malo que te pueda pasar, porque ya lo perdiste todo, ya no te queda nada. Entonces, por más dificultades que la vida te ponga encima, nada puede realmente hacerte daño, porque el peor daño posible ya lo recibiste, y de una u otra manera lograste sobreponerte, quizá no del todo, como podrás haberte dado cuenta, pero lo suficiente como para que cualquier cosa que te pase pueda volver a tumbarte, y si llegara a hacerlo, tendrás los cojones para levantarte antes de la octava campanada y volver a pelear… En fin, ya no me hagas caso, yo solo me entiendo.
- Santiago, solo quiero que sepas que en mi tienes una amiga y que estaré allí cada vez que me necesites, por favor, para lo que sea, no dudes en buscarme.
- Gracias, Gabriela. Te dejo, se ha hecho tarde y lo mejor es que se termine este día de una vez por todas.
- Espera, por favor. Te llamaba también para saber si te gustaría que almorzáramos juntos mañana. ¿Puedes? ¡Dime que sí!
- Está bien, no hay problema – respondió él, con una sonrisa que le habría sido imposible disimular.
- ¡Perfecto! Te llamo a eso de las once para ponernos de acuerdo. ¿Sale?
- Y vale.
- Descansa, por favor. Hasta mañana, Santi.
- Hasta Mañana, Gabriela.
Una vez colgó, le atacó un único pensamiento: Debo hacer algo respecto a Milagros…
Se dio media vuelta, quedando boca abajo contra sus sábanas, y se quedó plácidamente dormido, por primera vez en mucho tiempo.