Capítulo XIV
Todo tiene solución, excepto la muerte
- ¿Y? ¿Cómo estás rosquetón? – espetó Francisco mientras le saludaba con ese cariño propio de los hermanos que uno decide escoger. Después de darle un efusivo palmoteo en el hombro, se introdujo en los dominios de Santiago y se dejó caer sobre su acostumbrado sillón. Había traído dos six pack de cervezas que pidió a su anfitrión guardar en la nevera luego de haber cogido las dos primeras de la noche.
- Hoy día almorcé con Gabriela.
- Carajo… no pierdes el tiempo.
- Bueno, que te puedo decir. He cogido una suerte del carajo estos últimos días, excepto por Milagros.
- Me imagino, por lo que veo piensas darle absoluta finis a esa situación. Nada más ten en cuenta lo que te comenté sobre los panes y mayo.
- Que te puedo decir, viejo. Desde que se alejó esa vez todo se vino cuesta abajo conmigo. Incluso esa lujuria desenfrenada que me acometía apenas le quitaba la ropa ha desaparecido. Luego de acabar con la faena, de lo único que tengo ganas es de vestirla y mandarla en un taxi derechito a su casa.
- A todos nos pasa, hombre. Pero si lo tienes bien pensado, pues deberías romper con ella de una vez puesto que así ya seríamos dos, ya que me encuentro por el momento alejado de Susana. ¡Podríamos irnos de cacería como antaño!
- ¿Susana? ¡Jaaa…! ¿y ahora que pasó contigo?
- Pues he tenido que darle vacaciones – zanjó sarcásticamente para acto seguido lanzar un sonoro eructo.
- Pero que hiciste pues huevas.
- Mira Santiago, tú sabes que a mí no me interesa en lo absoluto todo ese rollo cursileril: mensajitos de texto, detallitos y todas esas cojudecitas que a las flacas o a algunas de ellas las ponen loquitas, como si estuviesen delante del príncipe azul del cuento. Esas huevadas me llegan al shoping center, cuñado. Si estuviese en un cuento, yo sería el lobo que se come a caperucita después de comerse a la abuelita.
- ¿y bien?
- Pues resulta que hará unos días me encontraba de lo más feliz en el trono, alcanzando el nirvana cuando empezaron a llegar sus mensajitos, un vez más y la verdad que esta vez batió récord en cuanto a lo ridículo. Pero mira, lee.
- A ver – Santiago cogió el móvil y empezó a leer, para su deleite: “Si estás durmiendo, mándame tus sueños… si estás riendo, mándame tu sonrisa… si estás llorando, mándame tus lágrimas” – No pudo evitar soltar una risotada, más aún después de leer lo que le contestó Francisco: “Estoy en el baño, ¿Qué quieres que te mande?”
- Épico, ¿no huevón?
- Putamadre, me hiciste la noche. ¿Y no volviste a hablar con ella?
- No, ya no me escribió más ni tampoco me llamó. Y ya van cuatro días. Así que bien pues, si no quiere volver, no me hago problemas.
- Mira quien habla, ¿Y qué pasó con el pan y mayo?
- Es distinto viejo. Para empezar, y te lo digo con el mayor respeto, yo no tengo reparos a la hora de las chicas, a diferencia tuya que aún no pareces querer recuperar tus galones. Yo me siento como en un océano, donde soy el tiburón que está en la parte superior de la cadena alimenticia, viendo nadar a todos esos pececitos que ya están esperando por mí, así no se hayan dado cuenta todavía.
- ¡Tranquilo, depredador! Entonces, se acabó lo de Susana.
- Bueno, si ella lo quiere, pues que así sea. Déjame decirte algo: En una relación quien tiene más poder es aquél al que no le importa un carajo la misma. Tu grado de poder estará definido por cuanto te importe más estar que a la persona con la que estás.
- Sabias palabras. Cumpla sus voluntati.
- Pero déjame aclararte que tampoco es que sea un frío de mierda, Santiago. Si la flaca quiere un abrazo, se lo doy, un beso, también, ¿unas flores? Hasta eso podría. Pero, ¿andarme rebajando a actuar como un afeminado con esos detallitos propios de suavecitos? paso, hombre.
- Te entiendo – En ese momento Santiago notó que realmente a Francisco le fastidiaba la situación con Susana, quizá en menor medida, aunque no quiera reconocerlo. Se había vuelto un poco mezquino, un poco cínico en cuanto a reconocer sus sentimientos hacia el sexo opuesto.
- Pero nos estamos yendo por las ramas. ¿Has hecho algo con Milagros?
- Ayer quedé con ella en salir un rato por la noche. Estaba con todas las ganas de cortarla, pero no pude encontrar la oportunidad. Terminamos sentados en El Tablón con una jarra de cerveza, contándome ella lo alegre que estaba por no sé qué nimiedades del trabajo. No pude encontrar nada negativo como para torcer las cosas y forzar una discusión que desencadene en un alejamiento y a la larga que termine todo.
- Es que eres más idiota… Esas cosas se tienen que hacer de golpe. Rápido y seco, sin dejar lugar a reacción.
- Prefiero la sutileza. Y ahora que lo pienso, me acabas de dar una idea del carajo.
Santiago esbozó una sonrisa que traducida al castellano habría sido la perfecta definición de malicia y acto seguido apuró de un solo golpe la cerveza que tenía en la mano para después sentarse frente a su PC. Una vez encendida, buscó la página de internet de la compañía de telefonía celular de Milagros y le tecleó anónimamente el siguiente mensaje: “Hola tontita, no creas que porque se toma una cerveza contigo te va a preferir a ti antes que a mí”.
- Joder que eres el despelote viejo, ¡eres maquiavélico!
- Así voy a sacar a relucir el lado irracional que tiene esta comadre. Si me mandó a la mierda porque dije un nombre mientras dormía, imagínate lo que va a hacer ahora que lea este mensaje. Y mejor si me viene con alguna escenita, que será como darme la bala que necesito colocarle a mi revólver para dispararle. En el mejor de los casos, pisa el palito.
- Eres brillante, aunque siempre fuiste calculador. ¡Salud!
- Te seré sincero, Gabriela despierta en mi algo que no te puedo explicar aún, muy diferente a Milagros, y con ello no quiero decir que no le tenga ganas, que la flaquita está como quiere, pero a priori, no es algo físico lo que despierta en mí en primera instancia.
- Bueno, mejor que así sea, ¿no? Quizá ya sea hora de que por fin pases la jodida página. Con el tiempo, todas las heridas sanan.
- Si, todas las heridas sanan. Pero no puedes evitar las cicatrices.
- Amén, viejo.
- Tú me ayudaste mucho, Frank. Nunca dejaré de agradecerte por eso. Por ese tronchito, y sobre todo por ese videojuego.
- Para eso están los hermanos. Pero cuéntame, ¿qué pasó con Gabriela en el almuerzo?
Francisco tenía razón en describir la relación que le unía con Santiago: era el hermano, el mellizo que nunca nació junto con él, y hoy por hoy, lo más cercano que tenía por una familia. Se habían conocido cuando ambos cursaban el cuarto año de secundaria, aunque en distintos colegios. Por aquellos días Santiago estaba saliendo de la primera gran crisis que le tocó afrontar, producto de sus extrañas percepciones extrasensoriales. Haciendo corta una larga historia, y por razones que en ese momento no supo comprender, se vio permanentemente acosado por una entidad oscura hasta el punto de llevarlo a sus límites de agotamiento mental y físico. Afortunadamente para él, su viejo abuelo que también había notado que algo raro andaba ocurriendo, supo reaccionar a tiempo e hizo lo posible y lo imposible para devolver a la normalidad a un muy perturbado Santiago. El tratamiento que llevó a su recuperación incluyó un mes de reposo (que coincidió con la celebración del Campeonato Mundial de Fútbol en Estados Unidos y que además le valió para recordar por siempre el dicho de que “no hay mal que por bien no venga”), una serie de sesiones con un psicólogo para ayudarle a identificar sus inseguridades y cómo lidiar con ellas, y finalmente, la visita en varias ocasiones de un viejo amigo del abuelo, un doctor con profundos conocimientos en temas espirituales y metafísicos, que le ayudó a conocer mejor sus cualidades sensoriales y como vivir con ellas sin acercarse al peligroso umbral de la locura. Sin embargo, lo mejor del tratamiento llegó por la vía colateral: en una de sus visitas, acompañando al doctor se hallaba un muchacho de contextura delgada, desgarbado, que destacaba por poseer una mirada bastante serena y penetrante, la misma que podía convertirse en la más pícara si le añadías una ligera sonrisa a su semblante. Francisco era su nombre, un hijo único también y que había pasado por la misma experiencia que Santiago, aunque sin llegar a un desenlace tan traumático. El doctor y el abuelo llegaron a la conclusión de que sería de enorme ayuda para Santiago el intercambiar experiencias con alguien de su edad y no se equivocaron: ambos se hicieron los amigos inseparables que son ahora.
A diferencia de Santiago, Francisco no tuvo mayores pérdidas en la vida, salvo acaso una. En su decimotercer cumpleaños su padre le dio el regalo que más añorado a lo largo de toda su corta existencia: un hermoso cachorrito de pastor alemán al que llamó Rambo, inspirado en famosa saga cinematográfica de la que era un consumado aficionado. Todo parecía ir de maravilla con el travieso canino hasta que al llegar a los seis meses de edad, Francisco comenzó a sentir extraños ruidos en la noche, especialmente en el techo donde pernoctaba su mascota: sonidos de pisadas, el golpe de cosas que caían y demás fenómenos que parecían difíciles de explicar. Al poco tiempo, una tarde de viernes en la que Francisco se fue presuroso al popular local de videojuegos de la Av. Ugarte, conocido como “El Vicio”, a declararse temporalmente autista mientras jugaba al Street Fighter II, su padre olvidó cerrar correctamente la puerta de la cochera. Cuando empezaba a anochecer, Francisco sintió una tremenda punzada en el pecho y de pronto una sensación de angustia que le fue imposible descifrar. Algo anda mal, pensó e inmediatamente puso pies en polvorosa. Al llegar a su casa, se dio con la sorpresa de que estaba vacía, sin señales de su madre, la muchacha que le ayudaba en las labores domésticas o su padre. Todo era silencio, un silencio sepulcral. Entonces notó que algo estaba ausente, algo cotidiano, infaltable, infalible: era Rambo, que por primera vez no había venido corriendo a su encuentro, a darle la bienvenida. Lo buscó por toda la casa y cuando finalmente, salió a mirar por la ventana del segundo piso, sus retinas registraron una imagen que no se le olvidará por el resto de sus días. Iluminado intermitentemente por las luces de los vehículos que le rodeaban al pasar, yacía el cuerpo inerte del pobre perrito al que fácilmente pudo reconocer por su característico manto de color oscuro. A la velocidad de un rayo salió de la vivienda y corrió hacia la avenida, sin preocuparse acaso por el riesgo de ser el siguiente atropellado, una estadística sin aprendizaje, recogiendo a su malogrado compañero para después tratar de hacerlo reaccionar gritándole su nombre una y otra vez, mientras las lágrimas le corrían como agua en canal de regadío a medida que se iba dando cuenta que no había vuelta atrás. Lo más traumático del evento fue que el cuerpo del pobre animalito se le deslizó entre sus brazos como un invertebrado, cayendo pesadamente al suelo para luego desangrarse: el atropello le había quebrado la columna en varias partes. Tanto él como su padre quedaron con un enorme sentimiento de culpa por lo acontecido con el desdichado Rambo. Meses después, mientras caminaba rumbo a casa, encontró merodeando por las calles a un cachorro de unos tres meses, cuya mirada desesperada denotaba el extravío en que se hallaba. No hubo objeción alguna cuando momentos después hizo su entrada en la sala, diciéndole a sus padres de manera muy tajante: “¡Les presento a Rocky!”. Afortunadamente para todos, Rocky llegaría a ser el cuarto miembro de una familia ahora completa y mucho más feliz, acompañándolos por casi veinte años, en parte gracias a su mediano tamaño y a su genealogía mestiza. De porte simpático y con una gran personalidad e independencia, Rocky se convirtió, después de Santiago, en el mejor amigo que Francisco tuvo jamás.
Años después, Francisco estuvo al lado de Santiago tras la muerte de su abuelo, acompañándolo casi a tiempo completo durante los primeros meses, hasta que el dolor por la pérdida se convirtió en resignación, y esa herida a su vez en cicatriz. A partir de ese momento, Santiago fue uno más en su familia, siendo bienvenido cada vez que acontecía cualquier tipo de celebración, por lo que no volvió a estar solo en fechas importantes como las Navidades, Año Nuevo, Semana Santa o Fiestas Patrias, amén de todos los cumpleaños. No obstante, el mayor apoyo que pudo darle y a su vez el más desafiante de todos, fue en las semanas posteriores a la partida de Adriana. Esa pérdida sumió a Santiago en una depresión absoluta, que lo llevó no solo a perder un ciclo de estudios universitarios, sino a alienarse por completo del mundo, viviendo en un estado de reclusión y soledad permanente que lo acercó peligrosamente al umbral de la oscuridad del alma. Por mucho que intentó hacerlo reaccionar, al comienzo le fue casi imposible sacarlo del estado en el que se encontraba, quedando limitado a cerciorarse de que al menos ingiera alimentos, para lo cual se encargó personalmente de hacer las compras correspondientes.
Sucedió entonces que, por puro golpe de suerte, encontró una manera de hacerlo reaccionar. Fue un viernes como cualquier otro en aquella época. Llegaba a visitarlo, se sentaba en el sillón a su costado, hablándole de lo que fuese sin apenas recibir respuesta a cambio, solo que en esta ocasión se atrevió a hacer algo que le desafiaba: encender un cigarrillo de marihuana. Conocedor de la afición de Francisco por el cannabis sativa y sus múltiples variedades, Santiago nunca objetó su consumo, salvo por dos condiciones: que no la consuma en su casa, y que no le obligue a probarla, puesto que se hallaba en contra de cualquier sustancia que pudiese expandir sus capacidades sensoriales. Para sorpresa de Francisco, que esperaba una reacción que pusiera fin al mutismo en el que se hallaba y le obligase a por lo menos salir a la calle, huyendo del penetrante olor a hierba, Santiago solo se puso de pie, se acercó a su trajinado minicomponente, presionó la tecla Play dándole tribuna así al genial Chris Cornell junto a su banda Soundgarden y la apoteósica Blow up the outside world, y se dirigió hacia él para en silencio coger el cigarrillo darle una aspirada tan profunda y tan bien ejecutada, que parecía propia de un profesional en el arte. Después de devolver el troncho al cenicero, volvió a recostarse en el viejo sofá frente a Francisco y volvió a su interminable mutismo, hasta que la hierba hizo el efecto.
Sin que pudiera evitarlo, su auto impuesto silencio se hizo añicos como lo habría hecho un recipiente de vidrio al ser impactado por un tren, un tren bala japonés. Santiago hizo literalmente una erupción de risotadas, incontenibles, sonoras y prolongadas. “Mierda viejo, realmente te hacía falta una buena pitada” exclamó Francisco, divertido de ver la reacción que se producía en su amigo, divertido de por fin ver reacción alguna. Varios minutos pasaron sin que pudiese calmarse, y cuando por fin lo hizo, corrió al baño a lavarse la cara, buscando contrarrestar los nuevos efectos que comenzaban a manifestarse: el notorio adormecimiento corporal, el ardor en la garganta y sobre todo, la sensación de estar sufriendo una transformación en sus facciones. Cuando se miró al espejo, no se pudo reconocer. Sintió que tenía enfrente de él a otra persona: una versión deteriorada, deformada, alterada de sí mismo, que además se veía envilecida por las extrañas muecas que la marihuana le provocaba. Entonces, la nueva versión de sí que tenía enfrente no le gustó para nada, como si de repente se hubiese tornado en una especie de licántropo y ahora no quedase nada del ser humano que era sino puramente el animal que llevaba dentro, el monstruo, la depravación de su ser, lo más oscuro que se escondía en lo recóndito de su alma, tan profundo que no había tenido la oportunidad de reconocer su existencia. Lo que más le sacudió entonces fue que el reflejo que tenía ante sí parecía sonreírle, como pavoneándose de ser el que finalmente prevalecía sobre toda la virtud, la bondad y toda la nobleza que era capaz de profesar en aquellos días en que todo andaba bien, cuando la esperanza parecía avizorarle un mejor porvenir, sin nada más que perder, con todas las cuentas en el debe, y ninguna en el haber. Y esa sonrisa, esa manera de sonreír se le hizo muy familiar, y de pronto recordó, le recordó, puesto que aquellos que han estado en presencia del demonio, no podrán olvidarle jamás.
Se sintió entonces invadido por la desesperación, por la certeza de haber tocado fondo y sin la fortaleza suficiente para poder levantarse, y era eso precisamente lo que esperaba esa sombra con una paciencia cultivada desde el inicio de los tiempos, que llegara a lo más bajo y que se quede allí lo suficiente para después tomar posesión de él. El humo del cigarrillo invadía por completo todo el ambiente, haciéndole aún más repugnante la experiencia, haciendo todo cuanto mirase más descolorido, sin vida, sin alegría. Entonces una sensación de rabia le acometió, impotente y frustrado por hallarse en esa situación, por reconocer que, aunque no fue su culpa lo que había pasado, fue él el único responsable de haber recorrido la espiral autodestructiva que lo había llevado a ese momento. Recordó entonces las palabras de su abuelo poco antes de partir: “Debes ser fuerte, hijo. Nosotros no podemos darnos el lujo de inspirar pena ni lástima, ya que el mundo puede ser cruel y nos devorará en un santiamén para después escupirnos porque no les agradará nuestro sabor”, y eso fue todo lo que necesitó para por fin decidirse a ponerse en pie y reaccionar. Se preguntó entonces si a su abuelo le habría gustado verlo en ese estado. ¿Se sentiría feliz de verlo así? ¿La misma Adriana habría sido capaz de quererle, luego de verlo en ese estado? Su padre, que había enfrentado a su destino tanto tiempo atrás, ¿estaría orgulloso de ver como su único hijo, vivo retrato suyo y único vestigio de su propia existencia malgastaba así su juventud por no decir su propia vida? ¡Esto no me puede estar pasando!, concluyó para sí una y otra vez, como quien reniega de su destino y busca dentro de su interior la templanza necesaria para rebelarse contra su propia condición y darle así un giro no de 180 sino de 540 grados a su vida. Entonces todos los extraños ruidos que parecían resonar dentro de su cabeza, todas esas sensaciones extrañas y alienantes que conseguían dominarlo parecieron por fin retroceder, cediéndole todo el control a su propio orgullo, esa cualidad que parecía inyectarle la dosis necesaria de adrenalina que le hacía falta para reaccionar y decir ¡Basta!, solo que esta vez lo hizo a través de un fuerte y profundo grito, tan sobrecogedor que asustó al propio Francisco, acostumbrado a disfrutar las reacciones propias de consumidores primerizos.
- ¡Santiago! ¿Estás bien?
- A decir verdad, no. No lo estoy, y no lo he estado por buen tiempo. Ya es suficiente.
- Será mejor que tomes un poco de agua. Estás bastante alterado, la verdad. No pensé que una simple pitada hubiera podido afectarte de esta manera.
- ¿Agua? Vamos por un trago, carajo.
Entonces poco a poco fue mejorando. Pese a no tener muchas ganas, se obligaba a estar fuera de casa el mayor tiempo posible, ya sea en la Universidad, a donde regresó sin poder evitar perder el ciclo, ya en casa de Francisco o por último en alguna cancha de fútbol, deporte del que era un apasionado y en el que le cabían solo dos distinciones: peloteros o entusiastas. Entonces es verdad que el tiempo cura las heridas, pero también lo es que las cicatrices no se llegan a borrar del todo, quedando siempre una marca que obligan a uno a recordar cómo fue que se obtuvo y si hay buena suerte, una lección para evitar volver a pasar por lo mismo o acaso como sobrellevarlo mejor una próxima vez.
Tiempo después, la ayuda definitiva llegó de la manera más impensada. Era un sábado por la tarde. Habían quedado en encontrarse en su casa para de allí dirigirse a una cancha de futbol donde les esperaba el tan esperado encuentro pelotero contra sus compañeros de clase. Francisco llevaba consigo una bolsa con una serie de discos compactos que no le habrían llamado en absoluto la atención de no ser porque al dejarlos sobre la mesa, la portada del primero de ellos se dejó ver: era un cráneo con los ojos encendidos en fuego y con una capucha oscura y roída que le cubría. Encima, con letras afiladas se podía leer el título Diablo II. Como era de esperarse, todo ello llamó inmediatamente la atención de Santiago.
- ¿Qué es esto? – preguntó mientras cogía el estuche.
- ¡Ah! Pues es el popular Diablo II, un juego que ha salido hace poco y que según he escuchado, es de la putamadre.
- ¿Tiene que ver con el ocultismo?
- Ángeles, demonios, los que estamos en el medio y todo lo demás.
- Suena prometedor. Préstamelo pues.
- Quédatelo. Total es pirata, ¿no? Yo ya lo tengo instalado.
- Regresando de pichanguear lo instalo.
Si existe algo más absoluto que la muerte, es el hecho de que ningún psicólogo hubiera podido dar en el clavo con respecto a un tratamiento de recuperación con mejores resultados y tan improbable como un simple videojuego. Diablo II, un sencillo pero bien desarrollado juego de rol, probó volverse adictivo para un absorto Santiago, que se sintió inmediatamente atraído por su temática fantasiosa y oscura, amén de sus impresionantes cortos cinematográficos que iba descubriendo conforme iba progresando. Básicamente, el juego consistía en cumplir determinadas misiones en un mundo imaginario denominado Santuario, en el cual el jugador debía recorrer múltiples escenarios, paisajes, mazmorras, palacios, junglas y todo cuanto tuviese que atravesar con la finalidad de salvar al mundo de las fuerzas del demonio y sus hermanos. A lo largo del recorrido, se iba acopiando recursos, riqueza y un enorme inventario de armas medievales de todo tipo, armaduras, joyas, accesorios y demás baratijas. Además de la temática ocultista que en alguna medida guardaba relación con los propios preceptos del ocultismo que ya conocía por la época, se sintió atraído por los personajes que el jugador podía utilizar: paladines, bárbaros, hechiceros, amazonas y los nigromantes. El nigromante o necromancer, su traducción al inglés, probó ser un personaje fascinante para Santiago, gracias a sus poderes de invocar y controlar a los muertos, lanzar conjuros y maldiciones a sus enemigos, así como su maestría en la aplicación de venenos y pócimas, amén de un físico sombrío y pálido, dotado de una larga cabellera de color blanco y ojos oscuros como la noche en un cielo sin estrellas. Obviamente, el primer personaje que utilizó fue un nigromante al que lúdicamente bautizó como Thiagomancer.
Es así que después de la universidad, el fútbol y los tragos con Francisco u otros compañeros de turno, Diablo II se hizo su actividad preferida, desplazando incluso a su consabida afición a la lectura o su gusto por el buen comer. Una vez que terminó el juego con su personaje en los niveles más difíciles, hizo lo propio con los cuatro personajes restantes. Por lo general, cuando jugaba por las noches, lo hacía hasta el punto de quedar vencido por el sueño, por lo que caía privado una vez se recostaba. Los fines de semana, luego de despertar, acicalarse y desayunar, corría a sentarse frente al monitor y allí se quedaba, hasta que su estómago crujía, haciéndole notar que la hora de almorzar había llegado, y así sucesivamente. Sucedió entonces que, cuando se hallaba a medio camino con el último de sus personajes, reparó en el hecho de que había dejado de pensar en Adriana, no pudiendo recordar la última vez que se había extraviado en su recuerdo, muy a diferencia de sus primeros meses de soledad, cuando la evocaba una y otra vez, diariamente, cuando la introspección se hacía su método de tortura favorito. Poco después de haber completado el juego en el nivel más difícil con el último personaje, la amazona, decidió estudiar inglés. Y fue allí, en el primer día de clases que conoció a Elizabeth, una preciosa chica de hermosos y grandísimos ojos, solamente igualados por su sonrisa y el espíritu alegre con el que abordaba la vida. El día que con total naturalidad la invitó a salir, sintió un atisbo de esperanza, la sensación de que por primera vez en mucho tiempo los rayos del sol le calentaban y borraban poco a poco la melancolía que le acometía en sus momentos de soledad y reflexión, cuando ya no estaba frente al teclado, cuando se le daba por recordar, por extrañar y sobre todo por palpar la cicatriz que le había quedado, convencido de que si bien era cierto que no desaparecería jamás, al menos dejaría de dolerle tanto.
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Volviendo al presente, a su cita con Gabriela, habían quedado en encontrarse a la 1.30PM para almorzar juntos en el Club De La Unión, que por entonces ofrecía uno de los más variados y agradables menús que cualquier parroquiano que se precie de cuidar el sistema digestivo probaría sin chistar.
Para su buena suerte, su Jefe se hallaba de viaje, por lo que disponía de un poco más de tiempo para almorzar, lo que le sirvió para pasar rápidamente por su casa para tomar una ducha y cambiarse de ropa.
Mientras la esperaba, cogió una de las cucharas que tenía a su alcance y trató de verse reflejado en ella, pese a lo difícil de lograr tal cometido, acaso sea una imagen demasiado borrosa y difusa lo que el stainless steel le alcanzaba a ofrecer. El día se le hacía bastante prometedor, gracias a un sol cálido y generoso, una carta bastante agradable y sobre todo por la compañía que esperaba recibir. “Dentro de poco, estaré junto a ella”, pensaba una y otra vez, mientras que su semblante dibujaba una sonrisa muy difícilmente imperceptible. Había pedido media jarra de limonada para entretenerse mientras la esperaba, y se hallaba a punto de terminarla cuando escuchó su nombre en el tono de su voz.
- Santiago, ¡Hola!
- Gabriela, como estás, siéntate, por favor.
- ¿Me estuviste esperando mucho? Disculpa – Se excusó al ver la jarra de limonada vacía.
- No mucho, realmente. Lo que pasa es que tenía mucha sed. Soy muy sediento, ¿Sabes?
- ¿En serio? – Le respondió con una sonrisa que podría tipificarse como encantadora.
- Mi abuelo me contó una vez que cuando era pequeño, quizá de unos dos años, me sorprendió tratando de subirme a la taza del baño para tomar el agua que allí estaba.
- ¡Qué horror! – exclamó sonriendo.
- Mejor pidamos de una vez, no vaya a ser que salgas horrorizada.
- No, no te preocupes. Para nada – continuó sonriendo.
Ella ordenó un plato de cordon bleu con ensalada y arroz. Santiago, por su parte, ordenó un lomo a la pimienta con papas fritas. Acompañaron sus platos con una jarra de naranjada.
Tuvo una cierta duda a la hora de escoger. Quizá una mejor idea hubiese sido pedir un pollo a la plancha con ensalada, algo más ligero, pensó por algunos segundos. Pero luego desechó la idea: tenía por convicción mostrarse con ella tal y como es, sin ninguna postura o actitudes fingidas. Total, ella ya lo había visto en su peor estado y sin embargo frente a él se hallaba allí sentada.
- Este arroz está delicioso. Mira como está, ¡incluso brilla!
- Lo que sucede es que lo han preparado como debe ser. Mucha gente piensa que porque se trata de arroz, es tan simple como ponerle agua y sal en una olla arrocera.
- ¿Y tú sabes cómo se prepara el arroz correctamente? – preguntó con una mezcla de intriga y sorpresa.
- Pues claro. Para empezar, el brillo del arroz lo consigues lavando el arroz una y otra vez hasta que el agua salga casi transparente. Esto lo debes hacer así hayas comprado el arroz de bolsa más caro que hay.
- Oh, que interesante.
- Después, tienes que dorar ajo picado finamente, al que una vez en su punto le agregas el arroz lavado y lo doras todo junto, para así conseguir que te quede brillante. Después, es solo cuestión de echar sal al gusto, pimienta entera y un poco menos del doble de agua que de arroz para que te salga bien graneado. Hay algunos incluso que colocan una plancha de metal debajo de la olla para controlar mejor la temperatura. Y por cierto, no estoy hablando de una olla arrocera.
- Me has dejado literalmente sorprendida. Mi mamá prepara un arroz que no me gusta tanto, pero es que también lo hace en olla arrocera. ¿Y quién te enseñó a cocinar?
- Aprendí de mi abuelo. Como sabrás, vivíamos solo él y yo. Mucho del tiempo que pasaba en casa lo pasaba en su compañía, conversando, viendo televisión, y hasta cocinando. Al viejo le gustaba cocinar en las mañanas y en las noches y lo hacía realmente bien. Creo que le enseñó mi bisabuela. Y nada, de allí aprendí yo.
- ¿Si? ¿Y que más cocinas?
- De todo. Todos los “…ados” y “…eches”. No es tan difícil, ¿sabes? Solo necesitas una receta y buenas intenciones.
- ¿Entonces me podrías invitar a comer algo que cocines algún día?
- ¡Claro! ¿Qué te gusta comer?
- De todo, pero en especial las pastas y las ensaladas.
- Pues estás con suerte porque se hacer unos tallarines que te mueres.
- ¿Es una promesa entonces?
- Prometido.
- Santiago, ¿puedo hacerte una pregunta?
- Con confianza.
- Te he escuchado mencionar a tu abuelito un par de veces y luces ahora bastante sereno. No quiero generarte malestar ni nada por el estilo, pero me gustaría que pudieses, si te es posible ahora, o más adelante, no importa, contarme lo que pasó con él. Siento que no tengo claro que fue lo que pasó y me ayudaría mucho a entender tus sentimientos. ¿Podría ser?
- Con una condición.
- ¿Cuál?
- Terminemos de almorzar, déjame invitarte un rico postre y mientras lo terminas, te contaré lo que pasó. Con total serenidad.
- Vale. ¡Se me antoja una rica crema volteada!
- Gabriela.
- Dime.
- Gracias.
La mezcla de ternura, agradecimiento y franqueza que le transmitió con la mirada fueron suficientes para ganársela por completo. No era necesario ya esforzarse, le habría bastado solamente con ser amable con ella y después dar un paso adelante, pues ella no habría dado ninguno hacia atrás y mucho menos al costado…