El Ocaso
Advertencia: contenido muy nocivo. Mejor buscar algo positivo que hacer.
Luego de una tan prohibitiva como adictiva hamburguesa en una luchadora sanguchería, me quedé pensando en el caballero que me había pedido por favor permitirle cuidar de mi automóvil. Me llamó mucho la atención el ánimo del caballero, acompañado de una voz aún varonil -provista de fuerza en su entonación- así como de una férrea voluntad, todas estas cualidades al parecer rebelándose y dándole la contra a una figura encorvadísima y frágil. No creí que pudiera bajar de unos trajinados 70 años y en su condición pude reconocer la misma lesión en la columna que me llevó al quirófano poco más de un mes atrás y que de haber salido mal me hubiese llevado indefectiblemente al viaje sin retorno. Supe entonces que de no haberme intervenido ese era el destino que me habría aguardado, o que ya está aguardando por mí, sabedor de que no podré hacer nada para evitar que la lesión recaiga y regrese con más intensidad. Por eso digo que vivir es dañino para la salud, así como el deporte.
Entonces me apenó que yo, quizá sin merecerlo, pude tener a mi disposición los medios para tratar mi dolencia mientras que aquel caballero no. No quise ahondar más en la reflexión porque carezco de información y sobretodo porque no deseo deprimirme por algo que no tiene solución. Sin embargo, creí que podría tener un gesto con el septuagenario invitándole el mismo sándwich que minutos atrás había devorado con la voracidad de un lobo famélico. Grande fue mi sorpresa cuando me rechazó con suma cortesía pero también con una firme dignidad manifiesta en el tono de su voz. Pese a todas sus limitaciones, el caballero no aceptó ningún gesto de lástima disfrazado de caridad. Simplemente prefería ganarse el pan con el sudor de su maltrecha espalda y el poder de sus cojones, que tercamente le obligan a proveerse el sustento pese a quien le pese y pase lo que pase, sin lanzarse a morir limosneando en una esquina, más bien prefiriendo hacerlo de pie, encorvado pero a pie, cuidando autos en ese famosísimo Óvalo de Miraflores.
Recordé entonces a mi abuelo partido tanto tiempo atrás y sentí su presencia y fortaleza a mi lado, y por eso le agradecí la negativa. Para la próxima le llevaré el sándwich sin preguntar.
Al día siguiente, yendo a toda prisa por la vía auxiliar del Zanjón, en uno de esos semáforos que te obligan a detener mirando a ambos lados del retrovisor buscando prevenir a los amigos de lo ajeno, pude observar a un muchacho de entre veinticinco y treinta años, sentado cabizbajo en el jardín que antecede a la vía rápida, a un par de metros a mi izquierda. Ni siquiera un robótico Sheldon Cooper habría fallado en concluir que el joven no la estaba pasando bien, nada bien. Había una enorme carga en su aura y el abatimiento parecía brotarle por los poros. Recordé al señor que cuidaba los automóviles y pensé que el gesto habría preferido ser entregado a alguien que más lo necesitase. Rebusqué rápidamente mis bolsillos y encontré una moneda de cinco Soles. Acto seguido, empecé a llamarlo, a silbarle, a hacerle gestos con la mano para que notase que estaba allí y se pudiera acercar. Cuando se incorporó, la imagen se quedó grabada en mi cabeza: sus pupilas eran completamente de color blanco, y apenas podía distinguir mi presencia producto de toda la cacofonía de gritos y bocinas propias del medio día. Mientras hacía la evaluación del riesgo que suponía bajarse del automóvil en ese preciso lugar para hacerle llegar la moneda, el semáforo cambió al fatídico color verde, las bocinas de los inclementes choferes detrás mío no me dejaron lugar a otra reacción que continuar mi camino dejando atrás al desdichado muchacho, sin estar seguro de que fuese a volverlo a ver.
Tratando de digerir lo que acaba de observar, seguí mi camino hacia la tienda de bicicletas donde tenía que hacer una gestión cuando de pronto, en un semáforo sanisidrino contemplé otro espectáculo que me quebró un poco por dentro (un poco más, cabría aclarar). En la esquina izquierda, moviéndose encorvado y lentamente, apenas ayudado por un caminador, hacía denodados esfuerzos por llegar a los vehículos un señor que de ninguna manera tendría menos de ochenta años, presuroso por aprovechar los dos minutos que tardaba ese semáforo en interrumpir el flujo vehicular. Vestía una boina que le protegía del sol, llevaba una blanquecina barba en candado y un abrigo oscuro que espero le proteja del frío siempre. Apropiadamente instalada en su andador, llevaba una canasta con una buena provisión de dulces y golosinas que eran ofrecidos a conductores y peatones.
Cuando me recompuse del golpe, observé el semáforo y vi que restaban cuarenta y ocho segundos. Apagué el motor, me bajé con mucho dolor debido a mi propia lesión de columna y a la herida que aún hoy continúa sanando, extraje mi propio bastón y me acerqué rápidamente donde el anciano para darle la moneda que traía conmigo. Apenas empezaba a escuchar su frágil voz cuando le miré a los ojos, dos esferas vidriosas evidentemente castigadas por degeneradas cataratas, diciéndole que no necesitaba que me vendiese nada, que por favor se guarde la moneda y que se cuide de los vehículos y transportistas hijoeputas.
No tuve tiempo para más. Tuve que renguear rápidamente hasta mi auto, decirle que se calle la jodida boca al taxista que comenzaba a tocar el claxon, lanzar el bastón secamente sobre el asiento trasero, encender el vehículo y tomar una foto con el celular para no olvidarme jamás de lo que acababa de presenciar.
Ahora que analizo fríamente la situación, es evidente que el pobre anciano no está en condiciones ni de comprar las golosinas que pone a la venta ni mucho menos de trasladarse desde su vivienda a esa esquina situada en aquellas calles tan suntuosas de San Isidro. Es muy claro que hay alguien detrás de todo ello. Alguien que lo traslada a ese lugar, alguien que realizó el trabajo de soldar la canasta al andador, alguien que seguramente le pedirá -no, le quitará- la recaudación del día, incluyendo los cinco Soles que le había entregado pensando que irían a ser para él. Y lo que me jode más, probablemente algún familiar que le pone en “alquiler» al viejo, conocedor de que al menos inspirará la compasión de tontos como yo. Mercancía dañada, damaged goods.
Tres de mis cuatro abuelos vivieron sus últimos días de una manera poco agradable. Mi abuelo Pepe, al que extraño sobremanera, tuvo un final triste, abandonado a su suerte por la familia a la que siempre protegió sin apenas tener la obligación (gracias al verdadero padre de mi viejo, que decidió abrir una franquicia en otra parte). Yo, que siempre valoré en mi viejito el haber sido precisamente «el abuelito» que todos añoran y a quien traté de proteger incondicionalmente desde el momento que inició su declive, tuve que resignarme con toda la impotencia del mundo (y de un pulpín) a orar porque lleguen a su fin sus últimos días, que acabe el suplicio y el estado de miseria y abandono al que fue sometido. Felizmente encontré un Francisco que me pudo acompañar el día en que, a muchos kilómetros de distancia por azares de la casualidad, recibí la llamada de mi madre avisándome que «hoy en la mañana ha fallecido Don Pepe…»
La partida de mi viejo cascarrabias fue para mí traumática en la misma medida que el amor que profeso por él. Tanto así que el recuerdo de esos hechos abren una herida que dudo mucho encuentre total recuperación toda vez que es imposible retroceder el tiempo y darle la calidad de vida que su condición ameritaba. Cuando se hizo molesto mantenerlo en casa con todos los problemas que su Alzheimer provocaba, el miserable de mi padre, sus hermanos y mi abuela no tuvieron mejor idea que enviarlo a morir al asilo, total: ojos que no ven, corazón que no siente. ¿Y mi abuelo? ¿Quién pensó en lo que sintió? Cuarenta años dedicados a una familia que el decidió hacer suya idos al carajo cuando se convirtió en una carga, en un estorbo, en alguien que ya no sumaba. Me pregunto qué habría pasado si un clarividente le hubiese contado su destino aquel día allá por los años 60 cuando llegó al antiguo Barrio de San Lázaro, calle Bayoneta Nro. 100. ¿Habría tocado la puerta de todos modos? ¿Habría hecho suyos a esos tres niños desamparados que cuatro décadas después lo enviarían a la muerte de la manera más abyecta y paupérrima, amarrado a una silla de ruedas con un pedazo de tela para no caerse, la mirada perdida, pupilas blanquecinas y diciéndole a su nieto que le contemplaba devastado: «no me acuerdo quién eres«.
Más daño me hizo lo que mi hermano me contó la última vez que lo vio con vida, en un pequeño lapso de lucidez. Levantó la mirada y le dijo: «no te preocupes Carlitos, me voy a curar y los llevaré a escalar el Misti a ti y a E*****e«.
Cada vez que veo a un adulto mayor sufrir de esta manera siento que el recuerdo de lo que pasó con mi abuelo me va quitando algo de vida, encorvando mi espíritu, quitándome en definitiva las ganas de intentar cualquier cosa. No tengo idea que pudieron haber o no haber hecho todas estas personas para que el universo decida darles ese ocaso. Quizá lo tendrían merecido, quizá no. Al final de cuentas al mundo no le interesa saber de merecimientos, simplemente escoge al azar a las personas y les suelta toda la crueldad que le es posible maquinar. Pienso por ejemplo en mi amigo Beder, que luego de pasar mil y un penurias, acompañadas también de mil y un aventuras con el alcohol y el sexo opuesto, no tuvo otra opción que irse a morir en un abismo a 300 metros en un desolado paraje de Puno, su esposa y dos bebes destruidos por ese destino al que le importó medio carajo que justo en ese momento empezaba lo realmente bueno para él. Luego pienso en mi propia situación: ¿vale la pena traer un hijo a este mundo, en estas condiciones? De haber estado en la piel de mi viejito, yo mismo habría cuestionado la legalidad del por qué fui traído a este mundo, cuando se supone que uno llega a ser feliz, no para irse derechito a la mierda. Me pongo en su lugar y me siento estafado, siento que me birlaron la elección, siento que no me dejaron ejercer mi derecho a no nacer. Mi derecho a no nacer, curiosamente es el título de lo más depresivo que haya escrito jamás y que por salud mental prefiero dejar olvidado a merced de los hongos, en las servilletas en que fue escrito hace algunos años.
Precisamente es la escritura, así sea vulgar, ordinaria y/o mediocre, lo que me ayuda a exorcizar a los demonios o al demonio que llevo dentro. Ya que mi condición no me permite darle a un balón, será darle a un teclado lo que me ayude a vomitar toda la negatividad con que el medio ambiente me carga, y es por eso que llego a la siguiente reflexión, aún consciente de que el demonio quiere permanecer un poquito más arropado en mi subconsciente: No es la degradación de tu cuerpo la que te sacará de este mundo, sino que el mundo en sí mismo se aprovechará de tu debilidad y te dará un final brutal, alejándote del remanso y el confort que dignamente te podría proveer una cama al lado de tus seres queridos. No habrá lágrimas de despedida, no habrá agradecimientos por la oportunidad de acompañaros en la ruta. No. El mundo -la vida- vendrá a por ti sin compasión, como un depredador que te acechó siempre sin que os pudieras dar cuenta, la paciencia hecha sustantivo, esperando a que estés lo más débil y vulnerable, para tomar todo lo que tienes, todo lo que es tu vida y todo lo que jamás llegarás a tener, pidiendo acaso la dicha de que el final sea rápido, aunque la mayoría de veces la compasión no es moneda de cambio en esta ruleta.
Le pasó a tres de mis cuatro abuelos, y, pensando en la testarudez del último, caídas en la vía pública y demás incidentes en silencio, creo que haremos un póker.
Who are you?
Y ahora me encuentro en Santiago con Miguel, mi compañero trotamundos de mil y un conciertos, mil y un batallas en varios países. Es el primer día y pese a lo delicado de mi columna decidimos ir temprano para poder agarrar un buen lugar porque en la primera fecha se presentaban Tyler & The Shakedowns, The Who y Guns’n Roses. Habiendo sobrevivido a Megadeth, Slayer, Metallica, Iron Maiden o Kiss, por citar a algunos, además de dos fechas maratónicas del Rock in Rio, decidimos con Miguel ir a por todas en este primer día. A la mierda, total, ese día no volveríamos a vivirlo jamás, y como la vida es un depredador que aparece cuando menos te lo esperas, valdrá la pena intentarlo.
Nada más ubicarnos, nos percatamos que detrás nuestro estaba una señorita sumamente simpática, y no me refiero a su físico –mención aparte, era hermosa– sino al aura que le rodeaba. Iba sola, y ello nos pareció súper interesante de su parte, toda vez que miles de veces, Miguel y yo hemos salido en plan juerga solos, sin aliados ni asociados, equipo de a uno, por lo que ver a una chica así, yendo a la aventura a un concierto de este tipo, sola, comiéndose al menos siete horas de pie, nos pareció sumamente destacable. Ese es el espíritu: Si quiero ver a The Who, GnR o al vampiro del primer grupo, al carajo, voy aunque sea sola y nada ni nadie, “nadies” me alejará de mi objetivo.
Al parecer ella se dio cuenta de que sentíamos simpatía por ella puesto que cuando comenzó el concierto se situó al lado nuestro, a mi izquierda, para ser exactos. Pronto empezaron a llegar las clásicas señales de apertura (al menos las que nosotros pensamos/creíamos como tales): sonreía cuando hacíamos una broma, asentía ligeramente cada vez que hablábamos de teoría musical, o miraba disimuladamente a mi móvil cuando veía que escribía algún mensaje en el WhatsApp.
Miguel, que pareció advertir las mismas señales que yo, me dijo escuetamente: “Pregúntale su nombre, de donde es” Contesté que prefería no hacerlo hasta que hagamos contacto visual. Aquí debo detenerme para hacer una aclaración, especialmente debido a un par de garrapatas malintencionadas: no sería primera vez que conozco a una chica en un evento de este tipo, no me considero un espíritu liberado de escrúpulos como para abordarla y ver hasta donde llegamos ni tampoco un cucufato que será canonizado a su muerte. La verdad es esta en mi opinión: ¿la chica era guapísima?, sí. ¿Daba señales (a nuestro entender)?, también. ¿Me gustaba el aura que le rodeaba? definitivamente. El concierto que también iniciaba, ¿era una ocasión perfecta?, de seguro. ¿Me encuentro en esa sintonía? Claro que no. Estoy atravesando lo que vendría hacer el inicio de una fuerte etapa de cambios y no tengo idea de donde estaré en un año a partir de ahora. La chica era encantadora, físicamente me atraía y definitivamente sentí que podría existir química de haber intentado algo. El asunto es que como pseudo escritor puedo imaginar, fumar una historia simpática acerca de cómo dos personas podrían coincidir de casualidad en un concierto de este tipo y a partir de allí iniciar una aventura, un viaje juntos hasta donde toque hacer puerto, basados en intereses, gustos comunes y mil y un cosas, todas ellas cursilerías propias de todas las películas románticas (y olvidables) que proliferan en días como estos. También podría torcer la historia y narrar las desventuras de un chacotero sentimental que a la media hora del relato decide abordar a la chica, pensando que en ella encontrará a la próxima, a la definitiva, a la soulmate e iniciar una aventura que culminará en el altar o en algún evento ridículamente predecible por el estilo, solo para recibir un ladrillazo en la cara materializado en una negativa en silencio a la pregunta ¿De dónde eres?, seguida de una media vuelta para alejarse, perderse en la multitud y no volver a ver a ese crápula tratando de abordarla, la boca babeándole porque no se pudo aguantar un poco más, desconociendo las sutilezas del arte de la seducción.
El asunto es que ella simplemente se situó a un costado de nosotros y así transcurrió el interesante show de Tyler Bryant & The Shakedowns. En lo personal, los chiquillos lo hicieron más que bien: tenían un aire bluesero propio de algunos buenos grupos de Los Angeles, y una pinta muy “Hair Metal” aunque se situaban más al lado de Tom Petty que de Mötley Crüe. Ella fue la cereza que coronaba el pastel. Observar su belleza en silencio no tenía precio y para todo lo demás existirá Mastercard. Era rubia, de ojos color caramelo cuya mirada tenía un aire ciertamente melancólico que habría resultado muy difícil de disimular, al menos en mi opinión. A ese combo había que añadirle una figura ciertamente envidiable, piernas largas y bien formadas, un busto pequeño y una sonrisa que me hacía recordar la mejor versión de Keira Knightley o Danielle Panabaker. Llevaba el cabello recogido y me percaté de una pulsera de color negro que adornaba su muñeca izquierda. Con la derecha, cogía de cuando en cuando un celular con el que tomaba fotos aleatoriamente. Llevaba un pequeño canguro en el que guardaba su equipo móvil y vestía una camiseta a cuadros muy trendy a mi entender.
Simplemente estar a su lado, contemplándola discretamente haría que valga la pena todo el castigo al que estaba dispuesto a someter a mi lastimada espalda. Como di a entender en un antiguo post, todos tenemos derecho a la belleza, o al menos a contemplarla. Y esa muchacha era la definición de una belleza rara, un poco huraña, distante y cercana al mismo tiempo.
Cuando salió The Who y el por siempre joven Pete Townshend empezó a rasgar la guitarra como si no hubiese mañana, la gente se dejó llevar por la euforia y se inició un breve tumulto. Cuando se calmaron los ímpetus de la emoción, me di cuenta que ella bailaba en su sitio, el cabello suelto, delante de mí. No me agradó del todo eso, ya que prefería observarla de costado en lugar de por detrás.
Sin duda el mejor momento fue cuando llegó la siempre bien ponderada Who are you? Porque esa era precisamente la pregunta que me hacía al observarla: ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Qué haces? ¿Por que siento tristeza y melancolía en tus ojos? ¿Te tomarías un café conmigo si te lo llegase a pedir? A mucha gente y en especial a alguna chica, la recuerdo por canciones puntuales, como por ejemplo “Es por ti” de Cómplices. Sin duda pensaré en ella cada vez que escuche a The Who.
De repente, cuando iniciaba My Generation sentí que se inclinaba hacia atrás, contra mi pecho y apenas pude reaccionar cuando se vino al piso, quedando sentada gracias a que su torso quedó apoyado contra mis piernas. Hice un esfuerzo denodado y la sujeté de los brazos hasta conseguir ponerla en pie, preguntándole si se encontraba bien. Un tío que estaba al costado le dio de beber agua mientras yo le decía que no se preocupase, que yo le sujetaba por los brazos hasta que lograse recomponerse. Apenas pudo asentir indicando que ya se encontraba mejor mientras yo la sostenía, tratando de mantenerla en pie para que tome aire mientras le decía que se calme, una y otra vez, que yo le cuidaría lo que haga falta hasta que se recomponga, en español y en inglés. En ese momento un segundo ataque sobrevino y se fue de nuevo al suelo, cayendo pesadamente, esta vez a mi costado. Intenté mantenerla en pie e incluso cargarla para llevarla a los servicios médicos pero en ese momento mi columna dijo basta, haciéndome saber que de persistir en el intento el siguiente en ir al suelo sería yo mismo. Me sentí un poco miserable cuando me fue imposible recogerla de nuevo, mientras empezaba a convulsionar con más fuerza. En ese momento llegó el personal de seguridad del concierto, un tipo vestido con una casaca de color amarillo fosforescente que la cargó como si fuera una muñeca, llevándola rápidamente hacia la zona de emergencias mientras se cerraba la multitud a su paso, haciéndome imposible seguirlos, toda vez que yo mismo pude mantenerme en pie, pagando cara la factura por el esfuerzo realizado. Lo último que recuerdo es la terrible expresión en su rostro mientras era llevada por el bouncer: sus ojos se habían ido hacia atrás y estaban completamente en blanco, mientras sus labios parecían querer reaccionar y decir algo, sus brazos y piernas sacudiéndose sin control.
No es la primera vez que veo a alguien desmayarse, sufrir una descompensación o incluso un infarto. Puede ser que el haber estado una hora de pie haya sido mucho para ella y quisiera de todo corazón que solo haya sido eso y no un ataque de epilepsia o una arritmia severa. Todo sucedió tan rápido que me quedé en estado de shock al menos lo que duró The Who.
Entonces recuerdo lo que había escrito hace poco, justo antes de salir al concierto y que de pura pereza no alcancé a colgar en el blog: la vida es dura, es un depredador y vendrá a por ti cuando menos lo esperes, cuando estés completamente indefenso(a) y cuando no haya nadie que pueda impedir tu caída.
Al final de esta historia, no hubo ni una pregunta, ni una respuesta, sea de aceptación o de rechazo. La vida o el destino simplemente puso las cosas en perspectiva, haciéndome ver lo impotentes y solos que estamos todos, pese a que intentemos reafirmar lo contrario. Un ataque se llevó a la chica más linda que he visto en Santiago de Chile en mis tres visitas y seguramente en todas las que alcance a realizar. No pude dejar de sentir lástima cuando todos la habían olvidado a los dos minutos de ser retirada del lugar, excepto yo. Es así, la vida continúa. Me di cuenta de su brutalidad al día siguiente después de enterrar a mi mejor amigo, que partió prematuramente a los treinta y un años hace ya doce: Life goes on. Ahora me arrepiento de no haber sido más lanzado, al menos podría conocer su nombre.
Se perfectamente que no volveré a verla y de todo corazón deseo que se encuentre bien mientras escribo esto en la terminal 11 del aeropuerto Arturo Merino Benítez de Santiago de Chile. Deseo que se encuentre recuperándose del mal momento y que esto que ha pasado sea solo un mal recuerdo. Este blog ha sido leído por gente de decenas de países, aunque solo unas cuantas conocen en persona a su autor, incluyendo un par que desearía que no. Dudo mucho que ella, si está a su alcance, logre dar con mi identidad o con este artículo. Quizá recuerde al par de locos reiletes que estaban a su costado y me gustaría que ella sepa que fui yo quien trató de ayudarla aunque el infortunio se opuso de todas maneras, haciéndome sentir impotente y miserable. Sin embargo, aquí están un par de fotografías que logré contrabandear sin su permiso y mi versión de los hechos.
Si por alguna casualidad, polola linda, logras dar con este blog gracias a unos pocos lectores chilenos, me sentiré contento porque será que estás bien. Entonces, lanzaré una sola pregunta al aire para cuando pueda visitar de nuevo esta hermosa ciudad de Santiago de Chile: Who are you?